días de Mialias

me enfrento al espejo para verme y mirar lo que me rodea con otros ojos, los de aquel extraño del reflejo

miércoles, julio 16, 2008

Conoces a tus ídolos?

Conoces a tus ídolos? Envia EL al 4050 y participa por 1 guitarra autografiada x CERATI o ELLA por 1 firmada x SHAKIRA. Costo SMS $0.63.Bases www.fonik.com.ar

Texto literal (incluida la ausencia del signo de interrogación inicial y la falta de espacio entre el número tres y la be mayúscula) de un mensaje de texto que me acaba de llegar a mi teléfono móvil.
Me deprimo. ¿Tengo que explicar por qué o quien pueda leer esto comparte mi desazón por este mundo sin más detalles del por qué?
Por favor no crean que mi desdicha se limita a lo sintáctico o gramático. Eso es solo metonimia de algo mucho más grande.
Y triste.

Volver a las cuevas

Entro en la ferretería a comprar un alambre (se me tapó la pileta del lavadero) y oteo un minuto de televisión. Huestes de idiotas les gritan a otros idiotas que comen en un restorán frente al Congreso mientras se vota a favor o en contra de las retenciones al campo. A la salida de los segundos idiotas se arma una gresca entre todos. Todos vociferan con esa voz de cancha, de descerebrado por el fútbol y de estupidez mediática. Somos tribales, no sé por qué sostenemos tanta farsa. Volvamos a las cuevas.

Un minuto de televisión en casi todo un medio año y termino desvastado.

Salgo de ver "Wall-e". Una arrrmosssa cursilería que me hizo salir sintiendo todo muy extraño, como cuando iba al cine con papá y no quería salir del aura que me había impregnado la película. Veo más gente en la calle que nunca antes, la luna está redonda y transparente por encima de todos nosotros como siempre y los zapatos valen el doble que cuando salía de mi casa, a pasear o lo que fuera. En la calle nadie se mira o nadie me mira, no puedo estar seguro porque solo estoy en mí. Hace calor, ¿no estábamos en invierno? Algo cambió muy rápido, ¿pero qué, exactamente? ¿O no cambió nada y solo se aceleró aquello que no ha cambiado?

"Wall-e" ¿enseña? que podemos volver a las cuevas, a la Tierra arrasada por el hombre y toda(s) su(s) basura(s). Quizá sea una falacia (el cine está hecho para mentir sin enojarnos), pero qué importa. Prefiero empezar a creer en mentiras. Hay para elegir.

sábado, mayo 05, 2007

pesadas cadenas

Las cadenas de solidaridad... Un fenómeno incómodo de esta época. Los apelativos que utilizan van aumentando de tenor para lograr un efecto sobre nuestro imperturbable tedeum vitæ. Antes uno difundía esas cadenas automáticamente, sin pensarlo, consternado por la serie de desgracias que relataban. Ahora, agobiados por noticias horrendas del mundo entero de las que antes sabíamos retazos, inundados de cadenas que describen las tragedias y odiseas más espeluznantes, no las reenviamos ni siquiera cuando sus títulos nos ruegan e imploran que lo hagamos y nos juran su absoluta veracidad. Nada nos conmueve, nada nos perturba porque ya ni siquiera creemos en lo que nos cuentan. Ahogados por una avalancha de información manipulada —o no—, nuestra sensibilidad está sepultada por varias capas de piel endurecida y minada de éscaras, por una armadura oxidada de cuero viejo y muerto.
Lo que reemplaza la emoción y empatía que despertaban las primeras cadenas es una sensación de incomodidad, de estar en falta por no difundir los pedidos desesperados que nos llegan. A veces llegamos a limpiar el mensaje de citas y de una interminable lista de emails ajenos; pero cuando llega el momento de elegir destinatarios ninguno parece ajustarse al perfil que imaginamos, es decir, el de alguien que aún puede sentirse movido a a su vez difundir la cadena en cuestión. Repasando la lista de contactos uno se imagina la reacción de cada uno de ellos: desinterés, molestia o la misma incomodidad yerma que sentimos nosotros, que hará que el email en cuestión termine, como el que nos ha llegado, en la democráticamente indiferente papelera.

lunes, noviembre 06, 2006

Transferencias en el supermercado

¿Nunca se encontraron a su maestra de primaria en el supermercado, haciendo las compras? Si no les ha pasado, les aseguro que provoca una sensación extraña, similar en términos emocionales al fenómeno geológico que sucede cuando una placa tectónica se pliega sobre otra. Un desplazamiento, ni más ni menos, de algo que no estaba en el lugar que pasa a ocupar. Un pequeño terremoto.

Bien; me encontré a mi madre en el supermercado. Digamos que es una mala metáfora, mejor paso a explicar.

S. tiene pocos años menos que yo. Lo conocí así: yo estaba en una disco gay, parado en la góndola de ofertas (parece que se me ha dado por ver el mundo como un mero supermercado; sí, ya sé que quizá lo sea), tratando de esconder el precio rebajado con una falsa actitud de objeto de lujo. Aparatosamente falsa.

En esa situación obscena y por qué no patética un chico se me acerca. Agradezco a la "Provvidenza" que no me haya atraído.

“¿Hola, vos sos hijo de D.?”, me pregunta, con cara de auscultarme. Esas seis palabras logran en mí una instantánea conmoción. Solo muy pocas personas conocen a mi madre por su verdadero nombre. No es que sea una espía secreta, tan solo es psicoanalista (bueno, sí es espía pero de los secretos ajenos y con un fin noble y profesional).

Cuando sos gay y recién empezás a salir el máximo temor es encontrarte con alguien conocido. No importa que el hecho de verlo allí coloca al otro en las mismas circunstancias. He vivido esa situación varias veces y es invariablemente desagradable, pero éste ha sido el caso extremo. Por alguna razón que solo Freud podría disectar encontrarte al paciente de tu madre analista en circunstancias como esa está entre el peor de los escenarios parecidos.

S. me observa con ojos de entomólogo ante un descubrimiento. No me queda escapatoria: confieso que soy hijo de D., y entonces llega la confirmación de la escena tan temida: “Hola, yo soy paciente de tu mamá”. Y el terremoto.

El psicoanálisis ortodoxo prescribe la posibilidad de que los pacientes conozcan la vida privada de sus analistas para preservar algo que llaman “transferencia”. A grandes rasgos, la “transferencia” es un proceso por el cual se le adjudica al analista el raro privilegio de ocupar un rol parental, o por lo menos de persona poseedora de un saber. Para que esa persona no pierda ese halo que le es adjudicado es importante que no tenga de ella referencias "reales". Sí, ser homosexual y que tu analista tenga un hijo homosexual no significa que no pueda ocupar ese rol y que deje de ser una persona "que sabe". Pero pasa a ser una persona que, ante todo, tiene un hijo homosexual.

Supongo que en psicoanálisis ortodoxo eso es un obstáculo mayúsculo. Sin embargo en la práctica tal vez ese descubrimiento se vuelva un estímulo y un paciente con dificultades para "salir del closet" vea en el hijo gay de su terapeuta un consuelo, una ayuda, una prolongación bizarra de la transferencia. Eso es lo que alguna vez dijo mi madre al tiempo de enterarse de todo esto; no habló de "prolongación bizarra", por supuesto. Solo dijo que la situación había sido favorable para el tratamiento.

Sea como sea, eso no me importó en el momento. Todo muy bonito, pero de lo quienes el psicoanálisis no se ocupa nunca, curiosamente, es de los hijos de los psicoanalistas. Que en mi caso, para agravar aún más las cosas, lo eran los dos; la única ventaja de tener mi padre muerto es que no es posible cruzarme con más pacientes que los que ya tuvo.

Para mí no fue un estímulo conocer en ese ámbito a alguien analizado por mi madre, y menos en la etapa que estaba atravesando: a duras penas "salido del closet", sintiéndome culpable de TODO y con mi madre recién enterada. Tampoco me causaba mucha gracia que ella supiera por boca ajena el lado malo del mundo en el que estaba inmerso y que yo trataba de ocultar o al menos maquillar (podría ocurrírseme una imagen más masculina, pero no me es dada...). ¿Para qué me servía que ella supiera que yo iba a bailar, que la vida gay podía ser un eterno dar vuelta(s) a la discoteca, un eterno desfilar de cuerpos sin alma, una serie de alquileres temporarios en el supermercado del desamor? Recién yo estaba descubriéndolo. Recién ella se había enterado de quién era yo y hubiera preferido que siguiera creyendo que yo estaba muy bien, que ser gay no tenía visos de problema.

Sin embargo ahí estaba su paciente, mirándome con ojos desorbitados, examinando cada gesto de mi rostro. Cuando era niño y accidentalmente algún paciente de mis padres me veía, sentía esa mirada intensamente entrometida, mucho más fuerte que la de las mujeres que miran una revista de chismes en la peluquería y defenestran a celebridades que conocen solo de la pantalla.

No conocía la patología de ese chico que acababa de acercárseme; probablemente no fuera más neurótico que yo, pero evidentemente no se creía mi falsa actitud de “está todo bajo control, no me espeluzna en lo más mínimo que seas paciente de mi madre”. Una pose que era la derivación más absurda de mi actitud de objeto de lujo en una disco gay. Ante mi silencio (¿qué iba yo a decirle?: "¿mi madre es buena analista?", "¿mandale saludos?") S. se despidió y volvió a su propia góndola. Esa noche no logré recomponerme. Me quedé helado, sintiéndome observado, repasando las impredecibles consecuencias de esos momentos que había vivido, tratando de ordenar mis pensamientos. Había perdido algo. En una extraña vuelta del destino había perdido una transferencia ajena. Era como dejar de ser virgen de algo que ni sabías que poseías. Porque ni siquiera era tuyo.

Poco después mi madre hizo alusión al episodio: “un paciente dice haberte visto en un boliche”. La escena tan temida, segunda parte. Traté de asumir la misma actitud simétrica a la de la disco, pero las madres saben todo, no hay actitud que valga. “No te preocupes, para S. Fue muy importante conocerte, le ayudó mucho”. ¿Y a mí qué me importa? ¿Acaso me ha ayudado mucho a mí? ¿Acaso él te allana el camino de conocer mi propia identidad revelándote su lado más oscuro, el que no te cuento yo, mamá? Evito formular esas preguntas. He tenido noticias de que mi madre es una excelente y muy querida terapeuta, pero el secreto profesional no es lo que mejor le sale. No es que me cuente secretos de sus pacientes —son siempre nimiedades y nunca intimidades de gente que desconozco—, pero suelo ser yo el que le pide que se calle y no me cuente. Realmente prefiero mantenerme a un lado.

Diez años después, es decir: hace poco, el fantasma vuelve. Mi nuevo amigo T. Me dice que se ha casado. Viniendo de él puedo esperarme cualquier cosa.

Ha conocido a alguien y esa misma noche se han “casado” de palabra, en secreto y sin testigos. La sorpresa es con quién: S., aquel paciente de mi madre. La historia tiene secuelas: tercera parte. Todos esos recuerdos reviven.

Si haber tenido a S. como paciente ha ayudado a mi madre a aceptar mejor mi sexualidad no lo sé sino por algún comentario de mi madre de aquellos que yo prefería no escuchar. No puedo dejar de reconocer que la vez que lo emitió no sentí sino una cierta tranquilidad de que toda la enrevesada historia de la disco (la punta del "iceberg", en realidad) no había tenido efectos negativos sobre nuestro vínculo sino, aparentemente, todo lo contrario. Nada muy evidente, porque no es un tema del que hablemos mucho.

Sin embargo, siempre me sentí incómodo con toda la situación, y la reaparición de S. reaviva esa incomodidad. T. me cuenta que S. quiere volverme a ver. Varios días después tomo coraje y voy a su casa, la que habita desde los tiempos en que era paciente de mi madre. Al fin y al cabo se ha “casado” con uno de mis mejores amigos. Si no puedes con una situación, únete a ella.

Entonces acudo. T. y S. parecen fascinados con la inteligencia del otro y compiten por quién formula el comentario más ingenioso sobre cualquier cuestión. Intento participar pero pronto me canso y me duele la cabeza. Las competencias no son mi terruño, terminan por aburrirme o decepcionar-me. Por eso odio el ajedrez y que desnude mi falta de inteligencia, por eso es que prefiero no jugarlo. Por la misma razón no tolero las conversaciones que se estructuran como ese deporte (?). Puedo intervenir un rato pero cuando me hacen jaque mate quisiera estar en otro lado.

De todos modos la velada no resulta tan difícil como temía. Por supuesto hacemos comentarios jocosos sobre nuestro encuentro en la disco y S. me habla maravillas de mi madre.

De esa noche han pasado dos meses. Me encuentro a T. En el Messenger y me cuenta que se ha separado de su “marido”. Dice que se cansó de sus mentiras y sus psicopateadas. Puedo entenderlo; por lo poco que conozco a S. puedo creerle. Esa velada que compartimos me ha alcanzado para sospechar que el uso que hace de su inteligencia bordea lo perverso.

Mientras hablo con un T. desanimado, suena el teléfono. Atiendo, es mi madre. Afortunadamente ya le había contado del “reencuentro” con S., porque entre otras cosas me dice que él la ha llamado después de mucho tiempo. Mi madre me dice: “Tengo un mensaje de su parte: dijo que le gustaría hablar con vos por un tema que vos sabés. Yo te doy su número de teléfono. Vos hacé lo que te parezca.”

S. parece embarcarnos en un juego psicopático, de aquellos que no tienen salida: tanto si le cuento a T. de todo esto como si no le cuento, ha logrado el cometido de utilizarnos tanto a mí como a mi madre para algún fin, no sé bien cual. Pero más allá de eso, quizá lo que me ha pasmado más de toda esta historia ha sido la frase (asépitca, casi quirúrgica) de mi madre: “Vos hacé lo que te parezca”. Ella no habla así, y menos a su hijo.

De pronto he conocido a D., la psicoanalista. Me he encontrado a mi madre en el supermercado.

viernes, noviembre 03, 2006

Provvidenza

Estoy acostado, tratando de dormir. En vez de contar ovejas, ¡pum!, como un disparo de ruleta rusa se me aparece por primera vez la idea de la paternidad. Asociada a mí. Quiero decir, por lo pronto empiezo por pensar en el instante de recibir la noticia de ser padre. No puedo terminar de imaginarlo, pero enseguida considero cómo podría suceder. El modo más probable, en este momento, sería teniendo un hijo con una amiga. La más cercana: M.. M. tiene novio pero es extranjero, vive en otro país y no quiere mudarse. Con mi amiga sucede lo mismo, pero al revés: se ha vuelto y quiere convencer a su novio de afincarse aquí. La situación está difícil. M. Ya tiene 35 años y piensa que si no es con su novio actual probablemente pueda perderse la posibilidad de ser mamá. Nada muy raro ni nuevo en este mundo.

Mi mente bulle. Al principio son ideas sueltas de quien está por dormirse, sin demasiada forma ni sustento. El valor de ellas reside en que son nuevas. La vieja promesa adolescente de “si nos llegamos a quedar solos, antes de los 40... Y luego tatatá. Como una descarga de ametralladora accidental, una idea proyectil dispara una serie infinita de consecuencias atronadoras. La forma en que habría sido concebido nuestro hijo (¿una decisión consciente y compartida, una noche inesperada de borrachera y sexo?... Ambas opciones, por ahora, parecen lejanas), la posibilidad de convivir con la madre durante la gestación o en su defecto la alternativa de mudarme a algún departamento cercano, algunas escenas aleatorias, la primera ecografía. ¡El nacimiento!. Después los lloros, las noches de desvelo, los cuidados, los trámites, los gastos, la crianza, el niño y esta sociedad, los ámbitos sociales, las explicaciones de su particular llegada al mundo, los colegios, los problemas, la adolescencia, los amigos, las parejas, los estudios, la independencia, la distancia, los nietos... Y el amor. Una forma de amor que hasta ahora no preví y cuya idea me resulta extraña. Todas páginas de un álbum que nunca pensé llenar con ninguna figurita. Un álbum que está en una góndola del supermercado por donde nunca circulo.

En realidad mi cabeza no va tan lejos, apenas puede abarcar destellos de fragmentos. Ya bastante para tantos años sin pensar en eso, tantos años mirando hacia otro lado.

También está en la lista la reacción de la familia de M.. "¿Vos estás loca, tener un hijo con tu amigo?" Mi familia, por el contrario, estaría fascinada. "¿Viste que podías? ¿Viste que no tiene nada que ver?"

Todas esas ideas circunnavegan mi cabeza mientras estoy acostado junto a Diego. Él se acerca y me abraza por la espalda. Hace poco lo conozco, no me espero ese abrazo. Últimamente he aprendido a dejar que los otros se acerquen cuando deseo hacerlo yo. De otro modo se asustan. Hasta ahora sucedía que en cuanto lo cumplía mi deseo se desvanecía. Pronto no había a quién abrazar. Sé que dicen que esa es la esencia del deseo, pero quiero ir más allá de lo que dicen. Quiero poder decir yo algo y dejar de escucharlo por ahí, dejar de leerlo en tantos libros.

Recuerdo la conversación que tuve ayer a la mañana con mi odontóloga. Es una nueva etapa en mi relación ella. En la penúltima consulta, ante su repetitiva pregunta de si estoy o no de novio, le confesé que soy gay. Se quedó callada unos momentos y luego trató de mostrarse rápidamente recompuesta afirmando “Ah... Está bien, pero la pregunta vale lo mismo”.
Ayer volví a atenderme. El consultorio adonde trabaja está en reformas y por lo tanto parcialmente en ruinas. Le comenté que el lugar me hacía acordar a la casa de una tía abuela enferma y le hice un resumen del estado de su departamento. “Pero qué, ¿está sola?”, preguntó. “Sí; hacés bien en haber tenido un hijo, no dejaría que vos terminaras así”, le contesté. “Hay cada hijo... ¿Y a vos no te gustaría tener uno?”, retrucó.

Quizá fue eso lo que disparó mi fantasía. O quizá el hecho de que Diego tiene 19 años y podría ser mi hijo. Fui prematuro para nacer pero tardío para todo lo demás. Tuve mi primera polución recién a los 16. Por muy poco margen las fechas no impedirían que Diego naciera nueve meses después si esa polución hubiera terminado en un cuello uterino y no en aquella manta de estampa escocesa verdiazul.

Cocino para M.. Hace unas semanas fuimos a un restorán chino y ella pidió un pollo con berenjena muy dulce. Estaba muy rico. Hoy la invito a probar mi ensayo propio de esa receta. No sale tan mal.

Más tarde la acompaño al departamento de su tío que ha muerto hace poco. Está dos pisos por debajo del de ella.

Parece que a mi edad si tu tía abuela no se vuelve loca, tu tío se muere por una descompensación.

Es un departamento luminoso y moderno, envejecido por la decoración y el abandono de quien no pudo cuidarlo por haber estado durante años postrado en una cama. Podría ser muy lindo luego de unas pequeñas reformas, lo que no es poco en esta ciudad adonde la gente suele resignar confort y bienestar en aras de vivir en barrios de supuesto prestigio.

Hace dos meses hablé con M.. de mis ganas de mudarme a un lugar como imaginaba sería ese departamento que aún no había visto. Unos días después su tío murió. Había tenido un accidente cerebral hace diez años y luego de una un lustro de relativo bienestar quedó postrado en una cama y con su salud en declive. En su momento la aparente coincidencia me turbó. Jamás había considerado ese piso como posibilidad.

Lo cierto es que es un buen departamento. Mientras lo recorro fantaseo con comprarlo; el mayor problema son las expensas; son carísimas.

En un placard encontramos varias bolsas de insumos sanitarios sin usar: guantes y cinta adhesiva quirúrgicos, cánulas, jeringas, agujas, gasas, pañales para adultos. Le sugiero a M. Que los done. Al rato estoy cargando los insumos en el auto y llevándolos al hospital Pirovano. Dentro del hospital detengo a una médica que por la edad y el aspecto podría ser amiga de mi hermana. Le cuento que quiero hacer una pequeña donación. Se le iluminan los ojos. “¿Un aparato? ¿Comida?”. “No, es una bolsa de consorcio llena de insumos”, la decepciono. Le pido que me diga cuál sería la forma menos burocrática de donarlos. Su gesto se ensombrece. “Ah, no se, se hace difícil... Yo soy nutricionista, no me sirve nada de eso.”. La médica piensa un poco. “A ver, acompañame”. Me lleva a la guardia clínica y me presenta a un médico mayor, canoso y de rasgos indígenas. Al rato le entrego la bolsa y una caja llena de sueros. “Espero que les sirva”. “Sí, descuidate, aquí hay gente que no tiene ni para comer”, responde, cansado. “Esto es un lujo”.

Espero no estar fomentando el chiquitaje.

Vuelvo en auto a casa. Me detengo en un edificio en construcción cuyo nombre tiene dos ve cortas, un dúo de letras en el que reparé mientras estudiaba ayer italiano por lo extraño que se ve para alguien que habla castellano.
El proyecto se llama “Provvidenza”. De pronto pienso en todo lo que no es real y ha estado apareciendo en forma de fantasía y parece encajar. La idea de mudarme, la paternidad, M.. como posible madre. La cercanía absoluta de su departamento y el de su tío. ¿Sará la Provvidenza? ¿Cioè?

miércoles, noviembre 01, 2006

A de Anoush

Uno es su propio amante, viejo amante. Como a las parejas ya consolidadas que peligran por aburrimiento, así hay que tratarse a uno mismo. Sorprendiéndose como se sorprende a la persona que se ha elegido para compartir la vida y que no se quiere perder, con gestos nuevos que rompan la rutina. Hacía mucho que no iba solo al cine, ¿por qué no hacerlo de nuevo? Hace 35 años que salgo conmigo, ¿no es hora de sorprenderme a y de mí mismo para no derrumbarme en el tedio de ser yo mismo tanto tiempo?

La película elegida es “Un couple parfait”, de Nobuhiro Suwa. Una película de escenas hechas en plano entero, de esas en que la cámara está lejos de los actores (y no se usan teleobjetivos) y se la deja grabando más tiempo del que todos esperamos. Algunos directores creen que eso garantiza que se está haciendo cine profundo. Yo creo que no.

Dos viejas sentadas en la fila anterior a la mía charlan. Me acodo sobre las rodillas para escucharlas mejor. Me encanta escuchar conversaciones ajenas. Son más interesantes que las que recitan los actores en las películas: son verdaderas y crudas porque carecen del sentido que les confiere el hecho artístico. Y dado que no tengo manera de influir sobre ellas, son conversaciones sin tiempo ni espacio: podrían suceder en cualquier lugar y haber acontecido en cualquier década. Y yo tengo la suerte de estar en ese lugar y en ese momento. ¿Cómo desperdiciarlo?

La vieja A le cuenta a la B sobre una amiga armenia con la que había acordado irse a vivir juntas cuando se quedaran “solas” —eufemismo evidente por “viudas”—. Pero hace no mucho tiempo la armenia cayó enferma, hecho que arruinó los planes. La vieja A la visitó todos los días hasta que tuvieron que internar a su amiga. En el hospital siguió visitándola aún cuando la trasladaron a terapia intensiva. Y un día, al llegar al cuarto del hospital, la recibió la hija, quien le dijo “no te preocupes, está en coma; no reconoce a nadie”. Entonces la vieja A se acercó a la cama de la armenia y le dijo “Anoush, soy yo, no me hagas esto”. Anoush abrió los ojos, la miró fijo y le dijo “Nena, ¿cómo estás?, qué bueno que viniste”. “Ella siempre me decía Nena" —comenta la vieja A a la B—. “Cerró los ojos y se murió. Nunca me voy a olvidar. Lo tengo acá”, dice la vieja A señalando su frente. “Te esperó para despedirse”, acota la vieja B mientras la luz del cine se se disipa para dar lugar a la proyección. La vieja A asiente, y con un hilo de voz repite: “Lo tengo acá”. Su mano deja de señalar la frente y se posa en su pecho izquierdo.

Salgo del cine sintiendo una calma extraña y vuelvo a casa en auto sin tocar bocina ni apretar mucho el acelerador. Si eso lo ha conseguido la película, durante cuya proyección mi pierna inquieta casi no dejó de repiquetear contra el suelo, se lo agradezco. Pocas veces me encuentro en ese estado de calma y alejado momentáneamente de la ansiedad. O quizá sea la historia de la vieja A con la armenia. Si fue una historia de amor, la vieja A nunca lo supo. Solo su mano, posada sobre su corazón.

martes, octubre 31, 2006

EntropIaia

Hoy estuve reflexionando sobre la tía Iaia. Creo que hay otra manera de pensar lo que le sucede.
El mundo que hemos construido va a contracorriente del natural desarrollo de las cosas.
El tiempo llena las casas de polvo y de enredaderas, de animales y de pasto, deja caer el techo, rompe vidrios y derrumba paredes.
En física hay una ley llamada ley de Entropía. Resumiéndola violentamente se puede decir que la naturaleza no tiende al orden sino al caos.
Una imagen básica y a mano es nuestra propia casa. ¿Alguien vio alguna vez a las sillas acercarse por motus propio a la mesa y alinearse prolijamente antes de que volvamos del trabajo? Eso es la entropía. Las sillas no se ordenan solas.
Iaia conoce la entropía, hace una fiesta de ella. Iaia deja las sillas libradas al libre albedrío, valga la cacofonía.
Iaia es la reina de la Entropía.
¡Larga vida a la Reina!

lunes, octubre 30, 2006

La tia Iaia

Es mi primer envío al blog. Me resistía a abrirlo. Quzá porque cuestiona y plantea interrogantes a nuestras nociones de privacidad y exhibicionismo y por pudor. Quizá por miedo a la adicción.

Hace mucho que no escribo. Sé que es porque escribir sobre mí significa enfrentarme a mi vacío, a lo que me pasa, a lo que no, y a lo que creo que debería pasarme y no me pasa.
En su lugar me paso horas chateando con casi todos desconocidos, seres que no me exigen nada porque no esperan nada de mí. O si esperan algo seguramente no será de mí sino de quien creen que soy, y ese no soy yo.

La semana pasada una tía de mamá tuvo un brote psicótico.
Esa tía es el paroxismo neurótico de mi familia.
Si tengo que visualizarla la imagino como una termita cerebral que se alimenta de las mentes de otros. Las va carcomiendo hasta que termina por deglutirlas y defecarlas.
La comida preferida de estas termitas fatales es el arrepentimiento, acompañado de una deliciosa guarnición de melancolía. La tía Iaia —sí, su nombre siempre me sonó como un lamento, un quejido de dolor— es una versada profesional de los mundos paralelos, aquellos en los que ha atinado a hacer lo que no ha hecho en el mundo real, y en los que no ha cometido los errores que sí ha cometido.

Mi tía Iaia —suena a dolor en todos lados, un dolor nunca localizado— debe ser la persona que ha utilizado más veces el pretérito pluscuamperfecto. Un tiempo verbal, como suelo decir, cuya etimología proviene del hebreo.

Paso a buscar a mi madre y la acompaño a la casa de Manuela, vecina de Iaia. Mi madre no está en condiciones de hacerse cargo sola de todo esto: acaba de ser operada de un cáncer de mama y de salvarse por un pelo (sí, literalmente...) de la quimioterapia.

El edificio está en penumbras por un corte de luz. Muy oportuno. Subimos los cinco pisos y toco el timbre de Manuela. Me abre la puerta; es una mujer menuda, de pelo entreteñido, de unos cincuenta años. A la mesa del comedor está sentada Iaia, con la mirada perdida. Cruzan por la sala los dos hijos jóvenes de Manuela. Todos viven en una ciudad del sur y vienen periódicamente a Buenos Aires.

Saludamos a Iaia. A pesar de sus ochenta años está lúcida, pero se la ve cansada. Los últimos días apenas ha dormido, agobiada por la presencia múltiple de hombres alemanes en su casa. Alemanes e imaginarios. Alemanes que cantan canciones... alemanas... en alemán.
Iaia no sufrió directamente el horror del nazismo, pero parece que le sirve para flagelarse. En una familia que se salvó de las cámaras de gas por haberse ido de Europa a tiempo, solo unos años antes de su surgimiento, el nazismo está bastante a mano.

Nos sentamos a la mesa. Los hijos de Manuela, Miguel y Eugenio, observan la escena dese más lejos, parados.

Manuela nos cuenta que ya hace una semana que Iaia los enloquece tocándole el timbre a todos los vecinos del piso y contándoles acerca de los hombres que entran a su casa. También que le habla a los placares.
Todo esto me recuerda una película en la que trabajé: el personaje era una joven evangelista puritana y traumatizada que escuchaba gemidos de placer provenientes del departamento de al lado (en ese caso reales) y terminaba suicidándose.

Pasó una semana desde que se desató el brote psicótico porque Iaia se negaba a darle a Manuela nuestros teléfonos (pobre Manuela & hijos, pobres vecinos). Hasta que un día accedió y Manuela llamó a mi madre.

Iaia parece estar bastante lúcida hasta que se la confronta con su delirio. Ante las preguntas del tipo "¿pero cómo puede ser que se te llene de hombres la casa?" hace un silencio de varios segundos, se encoge de hombros y responde “habrán conseguido la llave”. Entonces Manuela cuenta que el cerrajero ha venido tres veces y la tercera ha simulado que cambiaba la cerradura. Esto lo dice en voz apenas más baja porque cree que no hace falta murmurar dado que Iaia está sorda. Pero entonces Iaia dice “¿qué es lo que pasa con la cerradura?”. Los sordos de mi familia son sordos hasta que escuchan.

Entonces llega Carlos. “Hola Iúchale”, saluda a tía al entrar. Por alguna razón no soporto algunos diminutivos en yddisch. Me resultan retrógrados, seniles, me suenan miserables, polvorientos.

Carlos es primo hermano de mamá e hijo de la única hermana de Iaia viva. Carlos se parece un poco a Elling, el personaje de la película sueca homónima. Ha vivido siempre con sus padres y nunca ha tenido novia. O novio. Por lo menos que se sepa. Es farmacéutico y parece llevar el delantal pegado. De piel algo pálida, postura algo encorvada, anteojos de lentes gruesos y esa solemnidad característica de quien nunca ha tenido sexo. Huele a cura. Y a desinfectante. Será el resultado de haber pasado tantos años trabajando en la farmacia de sus padres, que cerraron por el déficit que les causaba a la familia los continuos robos, cada vez más violentos.

Manuela cuenta que, alarmada por los dichos de Iaia sobre la invasión de su departamento, vino la policía dos veces en la última semana. Los efectivos ingresaron armados. Imagino que nomás entrar habrán bajado las armas y cambiado la tensión por el asombro. O ni tanto, con la cantidad de viejas locas que harán denuncias imaginarias... Lo cierto es que el mundo funciona como el cuento de Pedro y las ovejas. El día que la casa se le llene de alemanes de verdad nadie le va a hacer ni puto caso.

Carlos se limita a escuchar lo que se dice en el cónclave o hace algún comentario poco acertado. Como cuando la tía Iaia dice que escucha voces y él le replica, para consolarla, que “pueden provenir de algún televisor cercano”. “No, Iaia: no hay ningún televisor y las voces suenan en tu cabeza. Son recuerdos”, acoto, terminante. La tía Iaia, entonces, se exalta por primera vez. “¡No! ¡No tengo recuerdos con alemanes yo!”. Quizá sea mejor ser desatinado y consolarla con gansadas. Al fin y al cabo duele menos la estupidez que la locura.

Ella dice que ya se imagina lo que queremos hacer con ella y que creemos que está loca. Sostiene que es injusto que planeemos hacer todo eso que se imagina porque no puede defenderse dado que ha estado durmiendo muy poco. “¿Y por qué dormiste poco?”, le pregunto. “Porque había un alemán acostado en mi cama y no podía sacarlo”, contesta. Miro a mi madre, que suspira. “Iaia, vamos a llevarte a la clínica. Para eso tenés que entrar a tu casa y buscar un camisón”, le informo.
La tía Iaia hace un largo silencio y sorprendentemente asiente. “Pero no quiero que entren a mi casa, es un lío”, advierte. Manuela asiente, alarmada. “Si vieras mi casa no haría falta que dijeras nada”, la consuelo ahora yo, pero creo que lo que digo no es tan tonto, a menos que ser sincero lo sea.
Nos despedimos de los hijos de Manuela dándoles las gracias y cruzamos el pallier.

Mamá ha estado en ese departamento hace unos meses, cuando yo estaba trabajando en México; la tía debió operarse de las cataratas y tuvo que dejarla entrar. Cuando volví de mi viaje mi mamá me hizo algún comentario al paso sobre el estado de ese lugar, pero ahora sé que minimizó el panorama. Gracias a ese antecedente tengo cierta idea de las condiciones en las que está la casa pero lo que encuentro supera lo que espero ver.

Volteo la llave en la cerradura de la puerta y empujo. Lo primero que siento es el olor. No es a podrido, es casi dulce y huele a encierro, un largo encierro. La puerta no se abre así que aventuro mi brazo por detrás de la puerta para despejar lo que la está trabando. Mi mano palpa el aire, baja, se topa con un taburete y lo hace a un lado. La puerta se abre con dificultad. Lo primero que veo es a una cucaracha que escapa de nuestra presencia pegada al zócalo. Mi vista recorre la pared que la puerta va descubriendo y que representa a todas las paredes de ese departamento porque todas están en el mismo estado: es un muro que supo ser blanco y ya está más cerca del negro ahumado, descascarado por el virulento ataque de la humedad ambiente.
Cuando la puerta se abre casi del todo el panorama es lamentable: todos los muebles de la casa y el piso están sepultados por kilos de cosas. La lista interminable incluye diarios, revistas, facturas de servicios, ropa, boletos, folletos, volantes, y objetos de todo tipo, sobre todo aquellos que en el resto de las casas se encuentran guardados o al menos dentro de la habitación correspondiente. Todo salpicado por innumerables bolsas de polietileno cerradas con nudos que en su interior agrupan muchas más cosas.
Las bolsas. Siempre que pensaba en Iaia me acordaba de las bolsas. En sus raras visitas a la casa de mi abuela Iaia siempre llevaba en su mano una bolsita de plástico de supermercado anudada, y dentro de ella más bolsas separando cada una diferente contenido. Cuando era chico a mí me exasperaban esas bolsitas porque se me antojaban una imagen casi perfecta de lo miserable. Ahora sé de donde salen. Están en todos lados, llenas de cosas inservibles, separando lo inútil de lo inútil. Están en su cabeza. Y quizá me exasperan porque también estén en la mía. Y en la de mi madre.

El contenido de la casa está parcialmente, por decirlo de algún modo, desplazado. Hay ropa de todo tipo en la sala, diarios en la cocina y comida en las habitaciones. En otras palabras, el contenido de la casa está, además de totalmente a la vista, desplazado. Como si en un cuerpo la sangre fuera bombeada por el hígado, el aire entrara a los riñones y pensáramos con el pene. Más allá de que algunos lo hagan.

El impacto inicial es fuerte. Viajo quince años, a la facultad. Como trabajo práctico presenté una vez un guión para un cortometraje. La historia comenzaba con unos pies en la penumbra que calzaban zapatos ortopédicos. Al avanzar se chocaban y empujaban montañas de residuos. Mientras los pies se abrían paso la cámara reculaba y revelaba que pertenecían a una vieja de unos ochenta años en visible estado de deterioro. La vieja avanzaba y nos deteníamos en un teléfono descolgado y polvoriento, cuyo cable estaba pelado. Luego la pantalla se volvía negra por unos segundos y al volver mostraba la imagen de la cara de una mujer de aspecto bastante desarreglado pero más joven, parecida a la vieja de la escena anterior. Con la mirada perdida, un ruido y un movimiento brusco la volvían de un ensueño. Abría la puerta del ascensor en el que resultaba estar y del cual escapaba un niño de unos 5 años. La mujer tocaba un timbre pero no esperaba. Metía la llave y abría la puerta. El niño entraba, ansioso. La mujer gritaba hacia adentro: “¡Mamá, te dejo a Eusebio un ratito que voy corriendo al banco! ¡Y contestá el teléfono, hace semanas que te llamo y no atendés!”. La mujer cerraba la puerta de un golpe que quedaba resonando como un eco.
El niño quedaba fascinado por el caos del departamento y empezaba a jugar, contento por no tener que guardar ningún orden. Elegía un objeto que parecía un coche y lo iba a arrastrando mientras con su boca imitaba el ulular de una sirena hasta que su brazo chocaba con algo y su rostro se congelaba en una mueca de espanto. La cámara nos mostraba que lo que había encontrado el niño era, envuelto por una miríada de cosas revueltas, un zapato de mujer. El mismo que habíamos visto al comenzar la historia, del cual también ahora salía una pierna vieja y putrefacta, sepultada por el caos.
Así era la historia. En la facultad me felicitaron, les gustó mucho. Pero nunca la filmé.

Entramos en la casa. No vemos ratas porque llegan a esconderse a tiempo.
Nos abrimos paso por la sala; al fondo las ventanas y la persiana están totalmente abiertas y ofrecen a quienes viven en los edificios del otro lado del pulmón de manzana la vista de una espléndida escenografía de la locura.

A los pocos minutos de entrar siento la picazón de las pulgas escalando por mis piernas. Manuela agarra una bolsa de polietileno de entre los escombros. “Está bolsa es de las más importantes; acá está la escritura de la casa. Últimamente se le había dado por llevarla a todos lados hasta que se lo prohibimos”, nos cuenta. La bolsa no es muy distinta a las otras, pero Manuela no tiene dudas.

La ventana del cuarto principal está cerrada. Allí hay un piano, también inhumado por pilas de cosas. Si fueran enredaderas treparían por la pared del instrumento, pero por fortuna no lo son y el piano queda en parte a la vista, como pidiendo auxilio. Haciendo fuerza logro abrir la tapa y mi mano se inmiscuye para presionar una tecla. “No suena mal”, le digo a mi madre, que sonríe en medio de una mueca de amargura.

Me imagino el torbellino que todo esto le produce en su cabeza. Para mí este departamento resume su fantasma. Mi mamá es una Iaia potencial, salvando las afortunadas diferencias. Siempre tendió a tener una mentalidad melancólica y “arrepentista” y a guardar todo tipo de cosas por la dificultad que representa para ella tirar y desprenderse de las cosas. Lo que más detestaba de ella mi padre era su lado Iaia. No me cuesta recordar el huracán que desataba en mi casa cualquier llamado de la tía, en el cerebro de mi madre y el humor de mi padre.

Lo que reúne a tía Iaia, a mi madre y a mí en un mismo barco se llama en psicoanálisis anal-retentividad, y es esa incapacidad para desprenderse del pasado y de lo que ya no sirve, esa dificultad para dejar entrar lo nuevo, para prodigarse algo placentero sin culpas.

Intentaré una descripción más que casera de ambos arquetipos.
El anal expansivo es un ventilador reparte mierda, es ese que se caga en todos los demás, que no tiene empacho en aventar sus propias heces para todos lados con tal de alejar a los demás para encontrar el mejor lugar en la cola del cine, en la calle, en cualquier lado. Y así suele ser más feliz que su contraparte.
El anal-retentivo, por el contrario, caga siempre para adentro —no sea cosa de perder algo “valioso” en el trajín— y sufre todas las pérdidas por mínimas que sean. Vive calculando las consecuencias fatales que cualquiera de las acciones temerarias e impensables del anal expansivo podrían producirle tanto a él como al destino de la humanidad. El anal retentivo analiza todas las posibilidades antes de decidirse... por ninguna. Toda su vida es un por las dudas: por las dudas no tiro la birome porque puede volver a funcionar; por las dudas no lavo el auto, qué tal si después se larga a llover. Por las dudas no soy feliz porque luego el derrumbe puede ser desde más alto.

Mi madre y yo somos ejemplos más o menos agudos de anal-retentivos. Y nuestras casas suelen exhibir esa condición tan biensonante. Pero, por supuesto, en un grado menor que la casa de tía Iaia. Nosotros escondemos lo que guardamos. Por pudor.

Iaia es traductora de hebreo, y me acabo de enterar que de inglés también. Hasta hace poco vivía de eso aunque me cueste imaginarlo. Su casa caótica es el diorama de su psiquis. Sin embargo una parte de su vida es relativamente normal: paga sus cuentas, se cocina la comida, hace sus necesidades, habla por teléfono cuando lo necesita.

Nació última de 9 hermanos, poco después del nacimiento del primer miembro de la tercera generación de su familia y muchos años después del parto de su hermana contigua, la madre del mencionado Carlos. Niña no esperada, criada al descuido y con desgano, cayó en el rol automático de aquella que se quedará a vestir santos y cuidar de sus padres en su nada lejana vejez. El gesto libertino de su vida —algo inconcebible para sus hermanas, a quienes no les fue permitido ir a la universidad por ser mujeres— fue mudarse a Israel para estudiar. Sin embargo poco después tuvo que volver a la Argentina para atender a sus padres ya enfermos. Y así se fue quedando, única soltera entre todos sus hermanos, cargando con la frustración de no haber podido reinventarse en el país de Sion.

Siempre se me antojó parecida a Margaret Tatcher visualmente y casi opuesta en lo que se refiere a su carácter. Nunca pudo afirmar nada sin hacer alguna nota al pie, decir “no sé, no estoy segura” o dar una excusa por lo que precariamente sostenía. Su actitud en la vida era de una duda constante; su existencia giraba siempre en torno del pasado y de bifurcaciones del presente derivadas de decisiones que nunca tomaba. Así pasaba el tiempo, pensando qué habría sucedido de haber hecho algo distinto a lo que hizo. No hay que ir muy lejos para llegar a la conclusión de que ni la vida entera alcanza para dedicarse a ese pasatiempo fatal. Apenas da para escribir algunas pequeñas cosas sobre la vida misma.

Voy a la cocina, a revisar la heladera. Agarro una de las miles de bolsas y la lleno con comida vieja. Por un lado si internan a Iaia pasarán varios días y todo terminará podrido; por el otro, ya debe haber cosas en vías de descomposición, pero milagrosamente poca comida ha iniciado ese proceso. La tía Iaia guarda hasta bolsitas de té usadas mustias y achicharradas en diferentes platitos.

Recuerdo el día en que volví, para limpiarla, a la casa adonde se filmó un largometraje muy independiente. El director es un tipo extremadamente talentoso pero en esa época era bastante dejado. Había pasado bastante tiempo desde el último día de rodaje, quizá porque dos días después de suspender la filmación por falta de fondos murió el protagonista, atropellado por un colectivo.

Al entrar a la casa sentí un olor nauseabundo. Pero del que nunca me voy a olvidar es del hedor que escapó con violencia cuando abrimos la heladera y encontramos comida devorada con grupal desesperación por legiones de gusanos. Desde ese día la imagen que tengo de la muerte fue inseparable de esa imagen y ese olor.

Tía Iaia encuentra su camisón rápidamente. Todo es un desorden extremo pero en la mente de Iaia hay un mapa preciso de ese desorden. Cerramos la ventana y Carlos trata de abrir la puerta para irnos del departamento, pero no puede. Asoma el pánico en los otros y en mí la risa y cierto goce morboso; si nos hemos quedado encerrados el episodio cobra visos cinematográficos. Finalmente, luego de varios segundos que parecen minutos, Carlos se da cuenta de que la rosca de la traba está invertida, y que para abrir hay que darle la vuelta para el lado contrario al acostumbrado.

Bajamos los cinco pisos y llevamos a mi tía a la clínica. Lo que resta es la consulta con una médica clínica y una espera de tres horas para que llegue el psiquiatra, a pesar de que se trata de un sanatorio privado... y caro. En el interín comeremos unos tostados mientras pasan por delante nuestro sillas de ruedas llevando personas en diferente nivel de enfermedad y degradación. Finalmente dejamos a la tía durmiendo en un cuarto de la guardia. Al día siguiente la internarán en un psiquiátrico. Y ella pedirá que la saquen asegurando que está bien... La escena tan temida para los que ¿todavía? estamos del otro lado.