Es mi primer envío al blog. Me resistía a abrirlo. Quzá porque cuestiona y plantea interrogantes a nuestras nociones de privacidad y exhibicionismo y por pudor. Quizá por miedo a la adicción.
Hace mucho que no escribo. Sé que es porque escribir sobre mí significa enfrentarme a mi vacío, a lo que me pasa, a lo que no, y a lo que creo que debería pasarme y no me pasa.
En su lugar me paso horas chateando con casi todos desconocidos, seres que no me exigen nada porque no esperan nada de mí. O si esperan algo seguramente no será de mí sino de quien creen que soy, y ese no soy yo.
La semana pasada una tía de mamá tuvo un brote psicótico.
Esa tía es el paroxismo neurótico de mi familia.
Si tengo que visualizarla la imagino como una termita cerebral que se alimenta de las mentes de otros. Las va carcomiendo hasta que termina por deglutirlas y defecarlas.
La comida preferida de estas termitas fatales es el arrepentimiento, acompañado de una deliciosa guarnición de melancolía. La tía Iaia —sí, su nombre siempre me sonó como un lamento, un quejido de dolor— es una versada profesional de los mundos paralelos, aquellos en los que ha atinado a hacer lo que no ha hecho en el mundo real, y en los que no ha cometido los errores que sí ha cometido.
Mi tía Iaia —suena a dolor en todos lados, un dolor nunca localizado— debe ser la persona que ha utilizado más veces el pretérito pluscuamperfecto. Un tiempo verbal, como suelo decir, cuya etimología proviene del hebreo.
Paso a buscar a mi madre y la acompaño a la casa de Manuela, vecina de Iaia. Mi madre no está en condiciones de hacerse cargo sola de todo esto: acaba de ser operada de un cáncer de mama y de salvarse por un pelo (sí, literalmente...) de la quimioterapia.
El edificio está en penumbras por un corte de luz. Muy oportuno. Subimos los cinco pisos y toco el timbre de Manuela. Me abre la puerta; es una mujer menuda, de pelo entreteñido, de unos cincuenta años. A la mesa del comedor está sentada Iaia, con la mirada perdida. Cruzan por la sala los dos hijos jóvenes de Manuela. Todos viven en una ciudad del sur y vienen periódicamente a Buenos Aires.
Saludamos a Iaia. A pesar de sus ochenta años está lúcida, pero se la ve cansada. Los últimos días apenas ha dormido, agobiada por la presencia múltiple de hombres alemanes en su casa. Alemanes e imaginarios. Alemanes que cantan canciones... alemanas... en alemán.
Iaia no sufrió directamente el horror del nazismo, pero parece que le sirve para flagelarse. En una familia que se salvó de las cámaras de gas por haberse ido de Europa a tiempo, solo unos años antes de su surgimiento, el nazismo está bastante a mano.
Nos sentamos a la mesa. Los hijos de Manuela, Miguel y Eugenio, observan la escena dese más lejos, parados.
Manuela nos cuenta que ya hace una semana que Iaia los enloquece tocándole el timbre a todos los vecinos del piso y contándoles acerca de los hombres que entran a su casa. También que le habla a los placares.
Todo esto me recuerda una película en la que trabajé: el personaje era una joven evangelista puritana y traumatizada que escuchaba gemidos de placer provenientes del departamento de al lado (en ese caso reales) y terminaba suicidándose.
Pasó una semana desde que se desató el brote psicótico porque Iaia se negaba a darle a Manuela nuestros teléfonos (pobre Manuela & hijos, pobres vecinos). Hasta que un día accedió y Manuela llamó a mi madre.
Iaia parece estar bastante lúcida hasta que se la confronta con su delirio. Ante las preguntas del tipo "¿pero cómo puede ser que se te llene de hombres la casa?" hace un silencio de varios segundos, se encoge de hombros y responde “habrán conseguido la llave”. Entonces Manuela cuenta que el cerrajero ha venido tres veces y la tercera ha simulado que cambiaba la cerradura. Esto lo dice en voz apenas más baja porque cree que no hace falta murmurar dado que Iaia está sorda. Pero entonces Iaia dice “¿qué es lo que pasa con la cerradura?”. Los sordos de mi familia son sordos hasta que escuchan.
Entonces llega Carlos. “Hola Iúchale”, saluda a tía al entrar. Por alguna razón no soporto algunos diminutivos en yddisch. Me resultan retrógrados, seniles, me suenan miserables, polvorientos.
Carlos es primo hermano de mamá e hijo de la única hermana de Iaia viva. Carlos se parece un poco a Elling, el personaje de la película sueca homónima. Ha vivido siempre con sus padres y nunca ha tenido novia. O novio. Por lo menos que se sepa. Es farmacéutico y parece llevar el delantal pegado. De piel algo pálida, postura algo encorvada, anteojos de lentes gruesos y esa solemnidad característica de quien nunca ha tenido sexo. Huele a cura. Y a desinfectante. Será el resultado de haber pasado tantos años trabajando en la farmacia de sus padres, que cerraron por el déficit que les causaba a la familia los continuos robos, cada vez más violentos.
Manuela cuenta que, alarmada por los dichos de Iaia sobre la invasión de su departamento, vino la policía dos veces en la última semana. Los efectivos ingresaron armados. Imagino que nomás entrar habrán bajado las armas y cambiado la tensión por el asombro. O ni tanto, con la cantidad de viejas locas que harán denuncias imaginarias... Lo cierto es que el mundo funciona como el cuento de Pedro y las ovejas. El día que la casa se le llene de alemanes de verdad nadie le va a hacer ni puto caso.
Carlos se limita a escuchar lo que se dice en el cónclave o hace algún comentario poco acertado. Como cuando la tía Iaia dice que escucha voces y él le replica, para consolarla, que “pueden provenir de algún televisor cercano”. “No, Iaia: no hay ningún televisor y las voces suenan en tu cabeza. Son recuerdos”, acoto, terminante. La tía Iaia, entonces, se exalta por primera vez. “¡No! ¡No tengo recuerdos con alemanes yo!”. Quizá sea mejor ser desatinado y consolarla con gansadas. Al fin y al cabo duele menos la estupidez que la locura.
Ella dice que ya se imagina lo que queremos hacer con ella y que creemos que está loca. Sostiene que es injusto que planeemos hacer todo eso que se imagina porque no puede defenderse dado que ha estado durmiendo muy poco. “¿Y por qué dormiste poco?”, le pregunto. “Porque había un alemán acostado en mi cama y no podía sacarlo”, contesta. Miro a mi madre, que suspira. “Iaia, vamos a llevarte a la clínica. Para eso tenés que entrar a tu casa y buscar un camisón”, le informo.
La tía Iaia hace un largo silencio y sorprendentemente asiente. “Pero no quiero que entren a mi casa, es un lío”, advierte. Manuela asiente, alarmada. “Si vieras mi casa no haría falta que dijeras nada”, la consuelo ahora yo, pero creo que lo que digo no es tan tonto, a menos que ser sincero lo sea.
Nos despedimos de los hijos de Manuela dándoles las gracias y cruzamos el pallier.
Mamá ha estado en ese departamento hace unos meses, cuando yo estaba trabajando en México; la tía debió operarse de las cataratas y tuvo que dejarla entrar. Cuando volví de mi viaje mi mamá me hizo algún comentario al paso sobre el estado de ese lugar, pero ahora sé que minimizó el panorama. Gracias a ese antecedente tengo cierta idea de las condiciones en las que está la casa pero lo que encuentro supera lo que espero ver.
Volteo la llave en la cerradura de la puerta y empujo. Lo primero que siento es el olor. No es a podrido, es casi dulce y huele a encierro, un largo encierro. La puerta no se abre así que aventuro mi brazo por detrás de la puerta para despejar lo que la está trabando. Mi mano palpa el aire, baja, se topa con un taburete y lo hace a un lado. La puerta se abre con dificultad. Lo primero que veo es a una cucaracha que escapa de nuestra presencia pegada al zócalo. Mi vista recorre la pared que la puerta va descubriendo y que representa a todas las paredes de ese departamento porque todas están en el mismo estado: es un muro que supo ser blanco y ya está más cerca del negro ahumado, descascarado por el virulento ataque de la humedad ambiente.
Cuando la puerta se abre casi del todo el panorama es lamentable: todos los muebles de la casa y el piso están sepultados por kilos de cosas. La lista interminable incluye diarios, revistas, facturas de servicios, ropa, boletos, folletos, volantes, y objetos de todo tipo, sobre todo aquellos que en el resto de las casas se encuentran guardados o al menos dentro de la habitación correspondiente. Todo salpicado por innumerables bolsas de polietileno cerradas con nudos que en su interior agrupan muchas más cosas.
Las bolsas. Siempre que pensaba en Iaia me acordaba de las bolsas. En sus raras visitas a la casa de mi abuela Iaia siempre llevaba en su mano una bolsita de plástico de supermercado anudada, y dentro de ella más bolsas separando cada una diferente contenido. Cuando era chico a mí me exasperaban esas bolsitas porque se me antojaban una imagen casi perfecta de lo miserable. Ahora sé de donde salen. Están en todos lados, llenas de cosas inservibles, separando lo inútil de lo inútil. Están en su cabeza. Y quizá me exasperan porque también estén en la mía. Y en la de mi madre.
El contenido de la casa está parcialmente, por decirlo de algún modo, desplazado. Hay ropa de todo tipo en la sala, diarios en la cocina y comida en las habitaciones. En otras palabras, el contenido de la casa está, además de totalmente a la vista, desplazado. Como si en un cuerpo la sangre fuera bombeada por el hígado, el aire entrara a los riñones y pensáramos con el pene. Más allá de que algunos lo hagan.
El impacto inicial es fuerte. Viajo quince años, a la facultad. Como trabajo práctico presenté una vez un guión para un cortometraje. La historia comenzaba con unos pies en la penumbra que calzaban zapatos ortopédicos. Al avanzar se chocaban y empujaban montañas de residuos. Mientras los pies se abrían paso la cámara reculaba y revelaba que pertenecían a una vieja de unos ochenta años en visible estado de deterioro. La vieja avanzaba y nos deteníamos en un teléfono descolgado y polvoriento, cuyo cable estaba pelado. Luego la pantalla se volvía negra por unos segundos y al volver mostraba la imagen de la cara de una mujer de aspecto bastante desarreglado pero más joven, parecida a la vieja de la escena anterior. Con la mirada perdida, un ruido y un movimiento brusco la volvían de un ensueño. Abría la puerta del ascensor en el que resultaba estar y del cual escapaba un niño de unos 5 años. La mujer tocaba un timbre pero no esperaba. Metía la llave y abría la puerta. El niño entraba, ansioso. La mujer gritaba hacia adentro: “¡Mamá, te dejo a Eusebio un ratito que voy corriendo al banco! ¡Y contestá el teléfono, hace semanas que te llamo y no atendés!”. La mujer cerraba la puerta de un golpe que quedaba resonando como un eco.
El niño quedaba fascinado por el caos del departamento y empezaba a jugar, contento por no tener que guardar ningún orden. Elegía un objeto que parecía un coche y lo iba a arrastrando mientras con su boca imitaba el ulular de una sirena hasta que su brazo chocaba con algo y su rostro se congelaba en una mueca de espanto. La cámara nos mostraba que lo que había encontrado el niño era, envuelto por una miríada de cosas revueltas, un zapato de mujer. El mismo que habíamos visto al comenzar la historia, del cual también ahora salía una pierna vieja y putrefacta, sepultada por el caos.
Así era la historia. En la facultad me felicitaron, les gustó mucho. Pero nunca la filmé.
Entramos en la casa. No vemos ratas porque llegan a esconderse a tiempo.
Nos abrimos paso por la sala; al fondo las ventanas y la persiana están totalmente abiertas y ofrecen a quienes viven en los edificios del otro lado del pulmón de manzana la vista de una espléndida escenografía de la locura.
A los pocos minutos de entrar siento la picazón de las pulgas escalando por mis piernas. Manuela agarra una bolsa de polietileno de entre los escombros. “Está bolsa es de las más importantes; acá está la escritura de la casa. Últimamente se le había dado por llevarla a todos lados hasta que se lo prohibimos”, nos cuenta. La bolsa no es muy distinta a las otras, pero Manuela no tiene dudas.
La ventana del cuarto principal está cerrada. Allí hay un piano, también inhumado por pilas de cosas. Si fueran enredaderas treparían por la pared del instrumento, pero por fortuna no lo son y el piano queda en parte a la vista, como pidiendo auxilio. Haciendo fuerza logro abrir la tapa y mi mano se inmiscuye para presionar una tecla. “No suena mal”, le digo a mi madre, que sonríe en medio de una mueca de amargura.
Me imagino el torbellino que todo esto le produce en su cabeza. Para mí este departamento resume su fantasma. Mi mamá es una Iaia potencial, salvando las afortunadas diferencias. Siempre tendió a tener una mentalidad melancólica y “arrepentista” y a guardar todo tipo de cosas por la dificultad que representa para ella tirar y desprenderse de las cosas. Lo que más detestaba de ella mi padre era su lado Iaia. No me cuesta recordar el huracán que desataba en mi casa cualquier llamado de la tía, en el cerebro de mi madre y el humor de mi padre.
Lo que reúne a tía Iaia, a mi madre y a mí en un mismo barco se llama en psicoanálisis anal-retentividad, y es esa incapacidad para desprenderse del pasado y de lo que ya no sirve, esa dificultad para dejar entrar lo nuevo, para prodigarse algo placentero sin culpas.
Intentaré una descripción más que casera de ambos arquetipos.
El anal expansivo es un ventilador reparte mierda, es ese que se caga en todos los demás, que no tiene empacho en aventar sus propias heces para todos lados con tal de alejar a los demás para encontrar el mejor lugar en la cola del cine, en la calle, en cualquier lado. Y así suele ser más feliz que su contraparte.
El anal-retentivo, por el contrario, caga siempre para adentro —no sea cosa de perder algo “valioso” en el trajín— y sufre todas las pérdidas por mínimas que sean. Vive calculando las consecuencias fatales que cualquiera de las acciones temerarias e impensables del anal expansivo podrían producirle tanto a él como al destino de la humanidad. El anal retentivo analiza todas las posibilidades antes de decidirse... por ninguna. Toda su vida es un por las dudas: por las dudas no tiro la birome porque puede volver a funcionar; por las dudas no lavo el auto, qué tal si después se larga a llover. Por las dudas no soy feliz porque luego el derrumbe puede ser desde más alto.
Mi madre y yo somos ejemplos más o menos agudos de anal-retentivos. Y nuestras casas suelen exhibir esa condición tan biensonante. Pero, por supuesto, en un grado menor que la casa de tía Iaia. Nosotros escondemos lo que guardamos. Por pudor.
Iaia es traductora de hebreo, y me acabo de enterar que de inglés también. Hasta hace poco vivía de eso aunque me cueste imaginarlo. Su casa caótica es el diorama de su psiquis. Sin embargo una parte de su vida es relativamente normal: paga sus cuentas, se cocina la comida, hace sus necesidades, habla por teléfono cuando lo necesita.
Nació última de 9 hermanos, poco después del nacimiento del primer miembro de la tercera generación de su familia y muchos años después del parto de su hermana contigua, la madre del mencionado Carlos. Niña no esperada, criada al descuido y con desgano, cayó en el rol automático de aquella que se quedará a vestir santos y cuidar de sus padres en su nada lejana vejez. El gesto libertino de su vida —algo inconcebible para sus hermanas, a quienes no les fue permitido ir a la universidad por ser mujeres— fue mudarse a Israel para estudiar. Sin embargo poco después tuvo que volver a la Argentina para atender a sus padres ya enfermos. Y así se fue quedando, única soltera entre todos sus hermanos, cargando con la frustración de no haber podido reinventarse en el país de Sion.
Siempre se me antojó parecida a Margaret Tatcher visualmente y casi opuesta en lo que se refiere a su carácter. Nunca pudo afirmar nada sin hacer alguna nota al pie, decir “no sé, no estoy segura” o dar una excusa por lo que precariamente sostenía. Su actitud en la vida era de una duda constante; su existencia giraba siempre en torno del pasado y de bifurcaciones del presente derivadas de decisiones que nunca tomaba. Así pasaba el tiempo, pensando qué habría sucedido de haber hecho algo distinto a lo que hizo. No hay que ir muy lejos para llegar a la conclusión de que ni la vida entera alcanza para dedicarse a ese pasatiempo fatal. Apenas da para escribir algunas pequeñas cosas sobre la vida misma.
Voy a la cocina, a revisar la heladera. Agarro una de las miles de bolsas y la lleno con comida vieja. Por un lado si internan a Iaia pasarán varios días y todo terminará podrido; por el otro, ya debe haber cosas en vías de descomposición, pero milagrosamente poca comida ha iniciado ese proceso. La tía Iaia guarda hasta bolsitas de té usadas mustias y achicharradas en diferentes platitos.
Recuerdo el día en que volví, para limpiarla, a la casa adonde se filmó un largometraje muy independiente. El director es un tipo extremadamente talentoso pero en esa época era bastante dejado. Había pasado bastante tiempo desde el último día de rodaje, quizá porque dos días después de suspender la filmación por falta de fondos murió el protagonista, atropellado por un colectivo.
Al entrar a la casa sentí un olor nauseabundo. Pero del que nunca me voy a olvidar es del hedor que escapó con violencia cuando abrimos la heladera y encontramos comida devorada con grupal desesperación por legiones de gusanos. Desde ese día la imagen que tengo de la muerte fue inseparable de esa imagen y ese olor.
Tía Iaia encuentra su camisón rápidamente. Todo es un desorden extremo pero en la mente de Iaia hay un mapa preciso de ese desorden. Cerramos la ventana y Carlos trata de abrir la puerta para irnos del departamento, pero no puede. Asoma el pánico en los otros y en mí la risa y cierto goce morboso; si nos hemos quedado encerrados el episodio cobra visos cinematográficos. Finalmente, luego de varios segundos que parecen minutos, Carlos se da cuenta de que la rosca de la traba está invertida, y que para abrir hay que darle la vuelta para el lado contrario al acostumbrado.
Bajamos los cinco pisos y llevamos a mi tía a la clínica. Lo que resta es la consulta con una médica clínica y una espera de tres horas para que llegue el psiquiatra, a pesar de que se trata de un sanatorio privado... y caro. En el interín comeremos unos tostados mientras pasan por delante nuestro sillas de ruedas llevando personas en diferente nivel de enfermedad y degradación. Finalmente dejamos a la tía durmiendo en un cuarto de la guardia. Al día siguiente la internarán en un psiquiátrico. Y ella pedirá que la saquen asegurando que está bien... La escena tan temida para los que ¿todavía? estamos del otro lado.