días de Mialias

me enfrento al espejo para verme y mirar lo que me rodea con otros ojos, los de aquel extraño del reflejo

lunes, noviembre 06, 2006

Transferencias en el supermercado

¿Nunca se encontraron a su maestra de primaria en el supermercado, haciendo las compras? Si no les ha pasado, les aseguro que provoca una sensación extraña, similar en términos emocionales al fenómeno geológico que sucede cuando una placa tectónica se pliega sobre otra. Un desplazamiento, ni más ni menos, de algo que no estaba en el lugar que pasa a ocupar. Un pequeño terremoto.

Bien; me encontré a mi madre en el supermercado. Digamos que es una mala metáfora, mejor paso a explicar.

S. tiene pocos años menos que yo. Lo conocí así: yo estaba en una disco gay, parado en la góndola de ofertas (parece que se me ha dado por ver el mundo como un mero supermercado; sí, ya sé que quizá lo sea), tratando de esconder el precio rebajado con una falsa actitud de objeto de lujo. Aparatosamente falsa.

En esa situación obscena y por qué no patética un chico se me acerca. Agradezco a la "Provvidenza" que no me haya atraído.

“¿Hola, vos sos hijo de D.?”, me pregunta, con cara de auscultarme. Esas seis palabras logran en mí una instantánea conmoción. Solo muy pocas personas conocen a mi madre por su verdadero nombre. No es que sea una espía secreta, tan solo es psicoanalista (bueno, sí es espía pero de los secretos ajenos y con un fin noble y profesional).

Cuando sos gay y recién empezás a salir el máximo temor es encontrarte con alguien conocido. No importa que el hecho de verlo allí coloca al otro en las mismas circunstancias. He vivido esa situación varias veces y es invariablemente desagradable, pero éste ha sido el caso extremo. Por alguna razón que solo Freud podría disectar encontrarte al paciente de tu madre analista en circunstancias como esa está entre el peor de los escenarios parecidos.

S. me observa con ojos de entomólogo ante un descubrimiento. No me queda escapatoria: confieso que soy hijo de D., y entonces llega la confirmación de la escena tan temida: “Hola, yo soy paciente de tu mamá”. Y el terremoto.

El psicoanálisis ortodoxo prescribe la posibilidad de que los pacientes conozcan la vida privada de sus analistas para preservar algo que llaman “transferencia”. A grandes rasgos, la “transferencia” es un proceso por el cual se le adjudica al analista el raro privilegio de ocupar un rol parental, o por lo menos de persona poseedora de un saber. Para que esa persona no pierda ese halo que le es adjudicado es importante que no tenga de ella referencias "reales". Sí, ser homosexual y que tu analista tenga un hijo homosexual no significa que no pueda ocupar ese rol y que deje de ser una persona "que sabe". Pero pasa a ser una persona que, ante todo, tiene un hijo homosexual.

Supongo que en psicoanálisis ortodoxo eso es un obstáculo mayúsculo. Sin embargo en la práctica tal vez ese descubrimiento se vuelva un estímulo y un paciente con dificultades para "salir del closet" vea en el hijo gay de su terapeuta un consuelo, una ayuda, una prolongación bizarra de la transferencia. Eso es lo que alguna vez dijo mi madre al tiempo de enterarse de todo esto; no habló de "prolongación bizarra", por supuesto. Solo dijo que la situación había sido favorable para el tratamiento.

Sea como sea, eso no me importó en el momento. Todo muy bonito, pero de lo quienes el psicoanálisis no se ocupa nunca, curiosamente, es de los hijos de los psicoanalistas. Que en mi caso, para agravar aún más las cosas, lo eran los dos; la única ventaja de tener mi padre muerto es que no es posible cruzarme con más pacientes que los que ya tuvo.

Para mí no fue un estímulo conocer en ese ámbito a alguien analizado por mi madre, y menos en la etapa que estaba atravesando: a duras penas "salido del closet", sintiéndome culpable de TODO y con mi madre recién enterada. Tampoco me causaba mucha gracia que ella supiera por boca ajena el lado malo del mundo en el que estaba inmerso y que yo trataba de ocultar o al menos maquillar (podría ocurrírseme una imagen más masculina, pero no me es dada...). ¿Para qué me servía que ella supiera que yo iba a bailar, que la vida gay podía ser un eterno dar vuelta(s) a la discoteca, un eterno desfilar de cuerpos sin alma, una serie de alquileres temporarios en el supermercado del desamor? Recién yo estaba descubriéndolo. Recién ella se había enterado de quién era yo y hubiera preferido que siguiera creyendo que yo estaba muy bien, que ser gay no tenía visos de problema.

Sin embargo ahí estaba su paciente, mirándome con ojos desorbitados, examinando cada gesto de mi rostro. Cuando era niño y accidentalmente algún paciente de mis padres me veía, sentía esa mirada intensamente entrometida, mucho más fuerte que la de las mujeres que miran una revista de chismes en la peluquería y defenestran a celebridades que conocen solo de la pantalla.

No conocía la patología de ese chico que acababa de acercárseme; probablemente no fuera más neurótico que yo, pero evidentemente no se creía mi falsa actitud de “está todo bajo control, no me espeluzna en lo más mínimo que seas paciente de mi madre”. Una pose que era la derivación más absurda de mi actitud de objeto de lujo en una disco gay. Ante mi silencio (¿qué iba yo a decirle?: "¿mi madre es buena analista?", "¿mandale saludos?") S. se despidió y volvió a su propia góndola. Esa noche no logré recomponerme. Me quedé helado, sintiéndome observado, repasando las impredecibles consecuencias de esos momentos que había vivido, tratando de ordenar mis pensamientos. Había perdido algo. En una extraña vuelta del destino había perdido una transferencia ajena. Era como dejar de ser virgen de algo que ni sabías que poseías. Porque ni siquiera era tuyo.

Poco después mi madre hizo alusión al episodio: “un paciente dice haberte visto en un boliche”. La escena tan temida, segunda parte. Traté de asumir la misma actitud simétrica a la de la disco, pero las madres saben todo, no hay actitud que valga. “No te preocupes, para S. Fue muy importante conocerte, le ayudó mucho”. ¿Y a mí qué me importa? ¿Acaso me ha ayudado mucho a mí? ¿Acaso él te allana el camino de conocer mi propia identidad revelándote su lado más oscuro, el que no te cuento yo, mamá? Evito formular esas preguntas. He tenido noticias de que mi madre es una excelente y muy querida terapeuta, pero el secreto profesional no es lo que mejor le sale. No es que me cuente secretos de sus pacientes —son siempre nimiedades y nunca intimidades de gente que desconozco—, pero suelo ser yo el que le pide que se calle y no me cuente. Realmente prefiero mantenerme a un lado.

Diez años después, es decir: hace poco, el fantasma vuelve. Mi nuevo amigo T. Me dice que se ha casado. Viniendo de él puedo esperarme cualquier cosa.

Ha conocido a alguien y esa misma noche se han “casado” de palabra, en secreto y sin testigos. La sorpresa es con quién: S., aquel paciente de mi madre. La historia tiene secuelas: tercera parte. Todos esos recuerdos reviven.

Si haber tenido a S. como paciente ha ayudado a mi madre a aceptar mejor mi sexualidad no lo sé sino por algún comentario de mi madre de aquellos que yo prefería no escuchar. No puedo dejar de reconocer que la vez que lo emitió no sentí sino una cierta tranquilidad de que toda la enrevesada historia de la disco (la punta del "iceberg", en realidad) no había tenido efectos negativos sobre nuestro vínculo sino, aparentemente, todo lo contrario. Nada muy evidente, porque no es un tema del que hablemos mucho.

Sin embargo, siempre me sentí incómodo con toda la situación, y la reaparición de S. reaviva esa incomodidad. T. me cuenta que S. quiere volverme a ver. Varios días después tomo coraje y voy a su casa, la que habita desde los tiempos en que era paciente de mi madre. Al fin y al cabo se ha “casado” con uno de mis mejores amigos. Si no puedes con una situación, únete a ella.

Entonces acudo. T. y S. parecen fascinados con la inteligencia del otro y compiten por quién formula el comentario más ingenioso sobre cualquier cuestión. Intento participar pero pronto me canso y me duele la cabeza. Las competencias no son mi terruño, terminan por aburrirme o decepcionar-me. Por eso odio el ajedrez y que desnude mi falta de inteligencia, por eso es que prefiero no jugarlo. Por la misma razón no tolero las conversaciones que se estructuran como ese deporte (?). Puedo intervenir un rato pero cuando me hacen jaque mate quisiera estar en otro lado.

De todos modos la velada no resulta tan difícil como temía. Por supuesto hacemos comentarios jocosos sobre nuestro encuentro en la disco y S. me habla maravillas de mi madre.

De esa noche han pasado dos meses. Me encuentro a T. En el Messenger y me cuenta que se ha separado de su “marido”. Dice que se cansó de sus mentiras y sus psicopateadas. Puedo entenderlo; por lo poco que conozco a S. puedo creerle. Esa velada que compartimos me ha alcanzado para sospechar que el uso que hace de su inteligencia bordea lo perverso.

Mientras hablo con un T. desanimado, suena el teléfono. Atiendo, es mi madre. Afortunadamente ya le había contado del “reencuentro” con S., porque entre otras cosas me dice que él la ha llamado después de mucho tiempo. Mi madre me dice: “Tengo un mensaje de su parte: dijo que le gustaría hablar con vos por un tema que vos sabés. Yo te doy su número de teléfono. Vos hacé lo que te parezca.”

S. parece embarcarnos en un juego psicopático, de aquellos que no tienen salida: tanto si le cuento a T. de todo esto como si no le cuento, ha logrado el cometido de utilizarnos tanto a mí como a mi madre para algún fin, no sé bien cual. Pero más allá de eso, quizá lo que me ha pasmado más de toda esta historia ha sido la frase (asépitca, casi quirúrgica) de mi madre: “Vos hacé lo que te parezca”. Ella no habla así, y menos a su hijo.

De pronto he conocido a D., la psicoanalista. Me he encontrado a mi madre en el supermercado.

viernes, noviembre 03, 2006

Provvidenza

Estoy acostado, tratando de dormir. En vez de contar ovejas, ¡pum!, como un disparo de ruleta rusa se me aparece por primera vez la idea de la paternidad. Asociada a mí. Quiero decir, por lo pronto empiezo por pensar en el instante de recibir la noticia de ser padre. No puedo terminar de imaginarlo, pero enseguida considero cómo podría suceder. El modo más probable, en este momento, sería teniendo un hijo con una amiga. La más cercana: M.. M. tiene novio pero es extranjero, vive en otro país y no quiere mudarse. Con mi amiga sucede lo mismo, pero al revés: se ha vuelto y quiere convencer a su novio de afincarse aquí. La situación está difícil. M. Ya tiene 35 años y piensa que si no es con su novio actual probablemente pueda perderse la posibilidad de ser mamá. Nada muy raro ni nuevo en este mundo.

Mi mente bulle. Al principio son ideas sueltas de quien está por dormirse, sin demasiada forma ni sustento. El valor de ellas reside en que son nuevas. La vieja promesa adolescente de “si nos llegamos a quedar solos, antes de los 40... Y luego tatatá. Como una descarga de ametralladora accidental, una idea proyectil dispara una serie infinita de consecuencias atronadoras. La forma en que habría sido concebido nuestro hijo (¿una decisión consciente y compartida, una noche inesperada de borrachera y sexo?... Ambas opciones, por ahora, parecen lejanas), la posibilidad de convivir con la madre durante la gestación o en su defecto la alternativa de mudarme a algún departamento cercano, algunas escenas aleatorias, la primera ecografía. ¡El nacimiento!. Después los lloros, las noches de desvelo, los cuidados, los trámites, los gastos, la crianza, el niño y esta sociedad, los ámbitos sociales, las explicaciones de su particular llegada al mundo, los colegios, los problemas, la adolescencia, los amigos, las parejas, los estudios, la independencia, la distancia, los nietos... Y el amor. Una forma de amor que hasta ahora no preví y cuya idea me resulta extraña. Todas páginas de un álbum que nunca pensé llenar con ninguna figurita. Un álbum que está en una góndola del supermercado por donde nunca circulo.

En realidad mi cabeza no va tan lejos, apenas puede abarcar destellos de fragmentos. Ya bastante para tantos años sin pensar en eso, tantos años mirando hacia otro lado.

También está en la lista la reacción de la familia de M.. "¿Vos estás loca, tener un hijo con tu amigo?" Mi familia, por el contrario, estaría fascinada. "¿Viste que podías? ¿Viste que no tiene nada que ver?"

Todas esas ideas circunnavegan mi cabeza mientras estoy acostado junto a Diego. Él se acerca y me abraza por la espalda. Hace poco lo conozco, no me espero ese abrazo. Últimamente he aprendido a dejar que los otros se acerquen cuando deseo hacerlo yo. De otro modo se asustan. Hasta ahora sucedía que en cuanto lo cumplía mi deseo se desvanecía. Pronto no había a quién abrazar. Sé que dicen que esa es la esencia del deseo, pero quiero ir más allá de lo que dicen. Quiero poder decir yo algo y dejar de escucharlo por ahí, dejar de leerlo en tantos libros.

Recuerdo la conversación que tuve ayer a la mañana con mi odontóloga. Es una nueva etapa en mi relación ella. En la penúltima consulta, ante su repetitiva pregunta de si estoy o no de novio, le confesé que soy gay. Se quedó callada unos momentos y luego trató de mostrarse rápidamente recompuesta afirmando “Ah... Está bien, pero la pregunta vale lo mismo”.
Ayer volví a atenderme. El consultorio adonde trabaja está en reformas y por lo tanto parcialmente en ruinas. Le comenté que el lugar me hacía acordar a la casa de una tía abuela enferma y le hice un resumen del estado de su departamento. “Pero qué, ¿está sola?”, preguntó. “Sí; hacés bien en haber tenido un hijo, no dejaría que vos terminaras así”, le contesté. “Hay cada hijo... ¿Y a vos no te gustaría tener uno?”, retrucó.

Quizá fue eso lo que disparó mi fantasía. O quizá el hecho de que Diego tiene 19 años y podría ser mi hijo. Fui prematuro para nacer pero tardío para todo lo demás. Tuve mi primera polución recién a los 16. Por muy poco margen las fechas no impedirían que Diego naciera nueve meses después si esa polución hubiera terminado en un cuello uterino y no en aquella manta de estampa escocesa verdiazul.

Cocino para M.. Hace unas semanas fuimos a un restorán chino y ella pidió un pollo con berenjena muy dulce. Estaba muy rico. Hoy la invito a probar mi ensayo propio de esa receta. No sale tan mal.

Más tarde la acompaño al departamento de su tío que ha muerto hace poco. Está dos pisos por debajo del de ella.

Parece que a mi edad si tu tía abuela no se vuelve loca, tu tío se muere por una descompensación.

Es un departamento luminoso y moderno, envejecido por la decoración y el abandono de quien no pudo cuidarlo por haber estado durante años postrado en una cama. Podría ser muy lindo luego de unas pequeñas reformas, lo que no es poco en esta ciudad adonde la gente suele resignar confort y bienestar en aras de vivir en barrios de supuesto prestigio.

Hace dos meses hablé con M.. de mis ganas de mudarme a un lugar como imaginaba sería ese departamento que aún no había visto. Unos días después su tío murió. Había tenido un accidente cerebral hace diez años y luego de una un lustro de relativo bienestar quedó postrado en una cama y con su salud en declive. En su momento la aparente coincidencia me turbó. Jamás había considerado ese piso como posibilidad.

Lo cierto es que es un buen departamento. Mientras lo recorro fantaseo con comprarlo; el mayor problema son las expensas; son carísimas.

En un placard encontramos varias bolsas de insumos sanitarios sin usar: guantes y cinta adhesiva quirúrgicos, cánulas, jeringas, agujas, gasas, pañales para adultos. Le sugiero a M. Que los done. Al rato estoy cargando los insumos en el auto y llevándolos al hospital Pirovano. Dentro del hospital detengo a una médica que por la edad y el aspecto podría ser amiga de mi hermana. Le cuento que quiero hacer una pequeña donación. Se le iluminan los ojos. “¿Un aparato? ¿Comida?”. “No, es una bolsa de consorcio llena de insumos”, la decepciono. Le pido que me diga cuál sería la forma menos burocrática de donarlos. Su gesto se ensombrece. “Ah, no se, se hace difícil... Yo soy nutricionista, no me sirve nada de eso.”. La médica piensa un poco. “A ver, acompañame”. Me lleva a la guardia clínica y me presenta a un médico mayor, canoso y de rasgos indígenas. Al rato le entrego la bolsa y una caja llena de sueros. “Espero que les sirva”. “Sí, descuidate, aquí hay gente que no tiene ni para comer”, responde, cansado. “Esto es un lujo”.

Espero no estar fomentando el chiquitaje.

Vuelvo en auto a casa. Me detengo en un edificio en construcción cuyo nombre tiene dos ve cortas, un dúo de letras en el que reparé mientras estudiaba ayer italiano por lo extraño que se ve para alguien que habla castellano.
El proyecto se llama “Provvidenza”. De pronto pienso en todo lo que no es real y ha estado apareciendo en forma de fantasía y parece encajar. La idea de mudarme, la paternidad, M.. como posible madre. La cercanía absoluta de su departamento y el de su tío. ¿Sará la Provvidenza? ¿Cioè?

miércoles, noviembre 01, 2006

A de Anoush

Uno es su propio amante, viejo amante. Como a las parejas ya consolidadas que peligran por aburrimiento, así hay que tratarse a uno mismo. Sorprendiéndose como se sorprende a la persona que se ha elegido para compartir la vida y que no se quiere perder, con gestos nuevos que rompan la rutina. Hacía mucho que no iba solo al cine, ¿por qué no hacerlo de nuevo? Hace 35 años que salgo conmigo, ¿no es hora de sorprenderme a y de mí mismo para no derrumbarme en el tedio de ser yo mismo tanto tiempo?

La película elegida es “Un couple parfait”, de Nobuhiro Suwa. Una película de escenas hechas en plano entero, de esas en que la cámara está lejos de los actores (y no se usan teleobjetivos) y se la deja grabando más tiempo del que todos esperamos. Algunos directores creen que eso garantiza que se está haciendo cine profundo. Yo creo que no.

Dos viejas sentadas en la fila anterior a la mía charlan. Me acodo sobre las rodillas para escucharlas mejor. Me encanta escuchar conversaciones ajenas. Son más interesantes que las que recitan los actores en las películas: son verdaderas y crudas porque carecen del sentido que les confiere el hecho artístico. Y dado que no tengo manera de influir sobre ellas, son conversaciones sin tiempo ni espacio: podrían suceder en cualquier lugar y haber acontecido en cualquier década. Y yo tengo la suerte de estar en ese lugar y en ese momento. ¿Cómo desperdiciarlo?

La vieja A le cuenta a la B sobre una amiga armenia con la que había acordado irse a vivir juntas cuando se quedaran “solas” —eufemismo evidente por “viudas”—. Pero hace no mucho tiempo la armenia cayó enferma, hecho que arruinó los planes. La vieja A la visitó todos los días hasta que tuvieron que internar a su amiga. En el hospital siguió visitándola aún cuando la trasladaron a terapia intensiva. Y un día, al llegar al cuarto del hospital, la recibió la hija, quien le dijo “no te preocupes, está en coma; no reconoce a nadie”. Entonces la vieja A se acercó a la cama de la armenia y le dijo “Anoush, soy yo, no me hagas esto”. Anoush abrió los ojos, la miró fijo y le dijo “Nena, ¿cómo estás?, qué bueno que viniste”. “Ella siempre me decía Nena" —comenta la vieja A a la B—. “Cerró los ojos y se murió. Nunca me voy a olvidar. Lo tengo acá”, dice la vieja A señalando su frente. “Te esperó para despedirse”, acota la vieja B mientras la luz del cine se se disipa para dar lugar a la proyección. La vieja A asiente, y con un hilo de voz repite: “Lo tengo acá”. Su mano deja de señalar la frente y se posa en su pecho izquierdo.

Salgo del cine sintiendo una calma extraña y vuelvo a casa en auto sin tocar bocina ni apretar mucho el acelerador. Si eso lo ha conseguido la película, durante cuya proyección mi pierna inquieta casi no dejó de repiquetear contra el suelo, se lo agradezco. Pocas veces me encuentro en ese estado de calma y alejado momentáneamente de la ansiedad. O quizá sea la historia de la vieja A con la armenia. Si fue una historia de amor, la vieja A nunca lo supo. Solo su mano, posada sobre su corazón.