Transferencias en el supermercado
¿Nunca se encontraron a su maestra de primaria en el supermercado, haciendo las compras? Si no les ha pasado, les aseguro que provoca una sensación extraña, similar en términos emocionales al fenómeno geológico que sucede cuando una placa tectónica se pliega sobre otra. Un desplazamiento, ni más ni menos, de algo que no estaba en el lugar que pasa a ocupar. Un pequeño terremoto.
Bien; me encontré a mi madre en el supermercado. Digamos que es una mala metáfora, mejor paso a explicar.
S. tiene pocos años menos que yo. Lo conocí así: yo estaba en una disco gay, parado en la góndola de ofertas (parece que se me ha dado por ver el mundo como un mero supermercado; sí, ya sé que quizá lo sea), tratando de esconder el precio rebajado con una falsa actitud de objeto de lujo. Aparatosamente falsa.
En esa situación obscena y por qué no patética un chico se me acerca. Agradezco a la "Provvidenza" que no me haya atraído.
“¿Hola, vos sos hijo de D.?”, me pregunta, con cara de auscultarme. Esas seis palabras logran en mí una instantánea conmoción. Solo muy pocas personas conocen a mi madre por su verdadero nombre. No es que sea una espía secreta, tan solo es psicoanalista (bueno, sí es espía pero de los secretos ajenos y con un fin noble y profesional).
Cuando sos gay y recién empezás a salir el máximo temor es encontrarte con alguien conocido. No importa que el hecho de verlo allí coloca al otro en las mismas circunstancias. He vivido esa situación varias veces y es invariablemente desagradable, pero éste ha sido el caso extremo. Por alguna razón que solo Freud podría disectar encontrarte al paciente de tu madre analista en circunstancias como esa está entre el peor de los escenarios parecidos.
S. me observa con ojos de entomólogo ante un descubrimiento. No me queda escapatoria: confieso que soy hijo de D., y entonces llega la confirmación de la escena tan temida: “Hola, yo soy paciente de tu mamá”. Y el terremoto.
El psicoanálisis ortodoxo prescribe la posibilidad de que los pacientes conozcan la vida privada de sus analistas para preservar algo que llaman “transferencia”. A grandes rasgos, la “transferencia” es un proceso por el cual se le adjudica al analista el raro privilegio de ocupar un rol parental, o por lo menos de persona poseedora de un saber. Para que esa persona no pierda ese halo que le es adjudicado es importante que no tenga de ella referencias "reales". Sí, ser homosexual y que tu analista tenga un hijo homosexual no significa que no pueda ocupar ese rol y que deje de ser una persona "que sabe". Pero pasa a ser una persona que, ante todo, tiene un hijo homosexual.
Supongo que en psicoanálisis ortodoxo eso es un obstáculo mayúsculo. Sin embargo en la práctica tal vez ese descubrimiento se vuelva un estímulo y un paciente con dificultades para "salir del closet" vea en el hijo gay de su terapeuta un consuelo, una ayuda, una prolongación bizarra de la transferencia. Eso es lo que alguna vez dijo mi madre al tiempo de enterarse de todo esto; no habló de "prolongación bizarra", por supuesto. Solo dijo que la situación había sido favorable para el tratamiento.
Sea como sea, eso no me importó en el momento. Todo muy bonito, pero de lo quienes el psicoanálisis no se ocupa nunca, curiosamente, es de los hijos de los psicoanalistas. Que en mi caso, para agravar aún más las cosas, lo eran los dos; la única ventaja de tener mi padre muerto es que no es posible cruzarme con más pacientes que los que ya tuvo.
Para mí no fue un estímulo conocer en ese ámbito a alguien analizado por mi madre, y menos en la etapa que estaba atravesando: a duras penas "salido del closet", sintiéndome culpable de TODO y con mi madre recién enterada. Tampoco me causaba mucha gracia que ella supiera por boca ajena el lado malo del mundo en el que estaba inmerso y que yo trataba de ocultar o al menos maquillar (podría ocurrírseme una imagen más masculina, pero no me es dada...). ¿Para qué me servía que ella supiera que yo iba a bailar, que la vida gay podía ser un eterno dar vuelta(s) a la discoteca, un eterno desfilar de cuerpos sin alma, una serie de alquileres temporarios en el supermercado del desamor? Recién yo estaba descubriéndolo. Recién ella se había enterado de quién era yo y hubiera preferido que siguiera creyendo que yo estaba muy bien, que ser gay no tenía visos de problema.
Sin embargo ahí estaba su paciente, mirándome con ojos desorbitados, examinando cada gesto de mi rostro. Cuando era niño y accidentalmente algún paciente de mis padres me veía, sentía esa mirada intensamente entrometida, mucho más fuerte que la de las mujeres que miran una revista de chismes en la peluquería y defenestran a celebridades que conocen solo de la pantalla.
No conocía la patología de ese chico que acababa de acercárseme; probablemente no fuera más neurótico que yo, pero evidentemente no se creía mi falsa actitud de “está todo bajo control, no me espeluzna en lo más mínimo que seas paciente de mi madre”. Una pose que era la derivación más absurda de mi actitud de objeto de lujo en una disco gay. Ante mi silencio (¿qué iba yo a decirle?: "¿mi madre es buena analista?", "¿mandale saludos?") S. se despidió y volvió a su propia góndola. Esa noche no logré recomponerme. Me quedé helado, sintiéndome observado, repasando las impredecibles consecuencias de esos momentos que había vivido, tratando de ordenar mis pensamientos. Había perdido algo. En una extraña vuelta del destino había perdido una transferencia ajena. Era como dejar de ser virgen de algo que ni sabías que poseías. Porque ni siquiera era tuyo.
Poco después mi madre hizo alusión al episodio: “un paciente dice haberte visto en un boliche”. La escena tan temida, segunda parte. Traté de asumir la misma actitud simétrica a la de la disco, pero las madres saben todo, no hay actitud que valga. “No te preocupes, para S. Fue muy importante conocerte, le ayudó mucho”. ¿Y a mí qué me importa? ¿Acaso me ha ayudado mucho a mí? ¿Acaso él te allana el camino de conocer mi propia identidad revelándote su lado más oscuro, el que no te cuento yo, mamá? Evito formular esas preguntas. He tenido noticias de que mi madre es una excelente y muy querida terapeuta, pero el secreto profesional no es lo que mejor le sale. No es que me cuente secretos de sus pacientes —son siempre nimiedades y nunca intimidades de gente que desconozco—, pero suelo ser yo el que le pide que se calle y no me cuente. Realmente prefiero mantenerme a un lado.
Diez años después, es decir: hace poco, el fantasma vuelve. Mi nuevo amigo T. Me dice que se ha casado. Viniendo de él puedo esperarme cualquier cosa.
Ha conocido a alguien y esa misma noche se han “casado” de palabra, en secreto y sin testigos. La sorpresa es con quién: S., aquel paciente de mi madre. La historia tiene secuelas: tercera parte. Todos esos recuerdos reviven.
Si haber tenido a S. como paciente ha ayudado a mi madre a aceptar mejor mi sexualidad no lo sé sino por algún comentario de mi madre de aquellos que yo prefería no escuchar. No puedo dejar de reconocer que la vez que lo emitió no sentí sino una cierta tranquilidad de que toda la enrevesada historia de la disco (la punta del "iceberg", en realidad) no había tenido efectos negativos sobre nuestro vínculo sino, aparentemente, todo lo contrario. Nada muy evidente, porque no es un tema del que hablemos mucho.
Sin embargo, siempre me sentí incómodo con toda la situación, y la reaparición de S. reaviva esa incomodidad. T. me cuenta que S. quiere volverme a ver. Varios días después tomo coraje y voy a su casa, la que habita desde los tiempos en que era paciente de mi madre. Al fin y al cabo se ha “casado” con uno de mis mejores amigos. Si no puedes con una situación, únete a ella.
Entonces acudo. T. y S. parecen fascinados con la inteligencia del otro y compiten por quién formula el comentario más ingenioso sobre cualquier cuestión. Intento participar pero pronto me canso y me duele la cabeza. Las competencias no son mi terruño, terminan por aburrirme o decepcionar-me. Por eso odio el ajedrez y que desnude mi falta de inteligencia, por eso es que prefiero no jugarlo. Por la misma razón no tolero las conversaciones que se estructuran como ese deporte (?). Puedo intervenir un rato pero cuando me hacen jaque mate quisiera estar en otro lado.
De todos modos la velada no resulta tan difícil como temía. Por supuesto hacemos comentarios jocosos sobre nuestro encuentro en la disco y S. me habla maravillas de mi madre.
De esa noche han pasado dos meses. Me encuentro a T. En el Messenger y me cuenta que se ha separado de su “marido”. Dice que se cansó de sus mentiras y sus psicopateadas. Puedo entenderlo; por lo poco que conozco a S. puedo creerle. Esa velada que compartimos me ha alcanzado para sospechar que el uso que hace de su inteligencia bordea lo perverso.
Mientras hablo con un T. desanimado, suena el teléfono. Atiendo, es mi madre. Afortunadamente ya le había contado del “reencuentro” con S., porque entre otras cosas me dice que él la ha llamado después de mucho tiempo. Mi madre me dice: “Tengo un mensaje de su parte: dijo que le gustaría hablar con vos por un tema que vos sabés. Yo te doy su número de teléfono. Vos hacé lo que te parezca.”
S. parece embarcarnos en un juego psicopático, de aquellos que no tienen salida: tanto si le cuento a T. de todo esto como si no le cuento, ha logrado el cometido de utilizarnos tanto a mí como a mi madre para algún fin, no sé bien cual. Pero más allá de eso, quizá lo que me ha pasmado más de toda esta historia ha sido la frase (asépitca, casi quirúrgica) de mi madre: “Vos hacé lo que te parezca”. Ella no habla así, y menos a su hijo.
De pronto he conocido a D., la psicoanalista. Me he encontrado a mi madre en el supermercado.
