días de Mialias

me enfrento al espejo para verme y mirar lo que me rodea con otros ojos, los de aquel extraño del reflejo

miércoles, noviembre 01, 2006

A de Anoush

Uno es su propio amante, viejo amante. Como a las parejas ya consolidadas que peligran por aburrimiento, así hay que tratarse a uno mismo. Sorprendiéndose como se sorprende a la persona que se ha elegido para compartir la vida y que no se quiere perder, con gestos nuevos que rompan la rutina. Hacía mucho que no iba solo al cine, ¿por qué no hacerlo de nuevo? Hace 35 años que salgo conmigo, ¿no es hora de sorprenderme a y de mí mismo para no derrumbarme en el tedio de ser yo mismo tanto tiempo?

La película elegida es “Un couple parfait”, de Nobuhiro Suwa. Una película de escenas hechas en plano entero, de esas en que la cámara está lejos de los actores (y no se usan teleobjetivos) y se la deja grabando más tiempo del que todos esperamos. Algunos directores creen que eso garantiza que se está haciendo cine profundo. Yo creo que no.

Dos viejas sentadas en la fila anterior a la mía charlan. Me acodo sobre las rodillas para escucharlas mejor. Me encanta escuchar conversaciones ajenas. Son más interesantes que las que recitan los actores en las películas: son verdaderas y crudas porque carecen del sentido que les confiere el hecho artístico. Y dado que no tengo manera de influir sobre ellas, son conversaciones sin tiempo ni espacio: podrían suceder en cualquier lugar y haber acontecido en cualquier década. Y yo tengo la suerte de estar en ese lugar y en ese momento. ¿Cómo desperdiciarlo?

La vieja A le cuenta a la B sobre una amiga armenia con la que había acordado irse a vivir juntas cuando se quedaran “solas” —eufemismo evidente por “viudas”—. Pero hace no mucho tiempo la armenia cayó enferma, hecho que arruinó los planes. La vieja A la visitó todos los días hasta que tuvieron que internar a su amiga. En el hospital siguió visitándola aún cuando la trasladaron a terapia intensiva. Y un día, al llegar al cuarto del hospital, la recibió la hija, quien le dijo “no te preocupes, está en coma; no reconoce a nadie”. Entonces la vieja A se acercó a la cama de la armenia y le dijo “Anoush, soy yo, no me hagas esto”. Anoush abrió los ojos, la miró fijo y le dijo “Nena, ¿cómo estás?, qué bueno que viniste”. “Ella siempre me decía Nena" —comenta la vieja A a la B—. “Cerró los ojos y se murió. Nunca me voy a olvidar. Lo tengo acá”, dice la vieja A señalando su frente. “Te esperó para despedirse”, acota la vieja B mientras la luz del cine se se disipa para dar lugar a la proyección. La vieja A asiente, y con un hilo de voz repite: “Lo tengo acá”. Su mano deja de señalar la frente y se posa en su pecho izquierdo.

Salgo del cine sintiendo una calma extraña y vuelvo a casa en auto sin tocar bocina ni apretar mucho el acelerador. Si eso lo ha conseguido la película, durante cuya proyección mi pierna inquieta casi no dejó de repiquetear contra el suelo, se lo agradezco. Pocas veces me encuentro en ese estado de calma y alejado momentáneamente de la ansiedad. O quizá sea la historia de la vieja A con la armenia. Si fue una historia de amor, la vieja A nunca lo supo. Solo su mano, posada sobre su corazón.