días de Mialias

me enfrento al espejo para verme y mirar lo que me rodea con otros ojos, los de aquel extraño del reflejo

viernes, noviembre 03, 2006

Provvidenza

Estoy acostado, tratando de dormir. En vez de contar ovejas, ¡pum!, como un disparo de ruleta rusa se me aparece por primera vez la idea de la paternidad. Asociada a mí. Quiero decir, por lo pronto empiezo por pensar en el instante de recibir la noticia de ser padre. No puedo terminar de imaginarlo, pero enseguida considero cómo podría suceder. El modo más probable, en este momento, sería teniendo un hijo con una amiga. La más cercana: M.. M. tiene novio pero es extranjero, vive en otro país y no quiere mudarse. Con mi amiga sucede lo mismo, pero al revés: se ha vuelto y quiere convencer a su novio de afincarse aquí. La situación está difícil. M. Ya tiene 35 años y piensa que si no es con su novio actual probablemente pueda perderse la posibilidad de ser mamá. Nada muy raro ni nuevo en este mundo.

Mi mente bulle. Al principio son ideas sueltas de quien está por dormirse, sin demasiada forma ni sustento. El valor de ellas reside en que son nuevas. La vieja promesa adolescente de “si nos llegamos a quedar solos, antes de los 40... Y luego tatatá. Como una descarga de ametralladora accidental, una idea proyectil dispara una serie infinita de consecuencias atronadoras. La forma en que habría sido concebido nuestro hijo (¿una decisión consciente y compartida, una noche inesperada de borrachera y sexo?... Ambas opciones, por ahora, parecen lejanas), la posibilidad de convivir con la madre durante la gestación o en su defecto la alternativa de mudarme a algún departamento cercano, algunas escenas aleatorias, la primera ecografía. ¡El nacimiento!. Después los lloros, las noches de desvelo, los cuidados, los trámites, los gastos, la crianza, el niño y esta sociedad, los ámbitos sociales, las explicaciones de su particular llegada al mundo, los colegios, los problemas, la adolescencia, los amigos, las parejas, los estudios, la independencia, la distancia, los nietos... Y el amor. Una forma de amor que hasta ahora no preví y cuya idea me resulta extraña. Todas páginas de un álbum que nunca pensé llenar con ninguna figurita. Un álbum que está en una góndola del supermercado por donde nunca circulo.

En realidad mi cabeza no va tan lejos, apenas puede abarcar destellos de fragmentos. Ya bastante para tantos años sin pensar en eso, tantos años mirando hacia otro lado.

También está en la lista la reacción de la familia de M.. "¿Vos estás loca, tener un hijo con tu amigo?" Mi familia, por el contrario, estaría fascinada. "¿Viste que podías? ¿Viste que no tiene nada que ver?"

Todas esas ideas circunnavegan mi cabeza mientras estoy acostado junto a Diego. Él se acerca y me abraza por la espalda. Hace poco lo conozco, no me espero ese abrazo. Últimamente he aprendido a dejar que los otros se acerquen cuando deseo hacerlo yo. De otro modo se asustan. Hasta ahora sucedía que en cuanto lo cumplía mi deseo se desvanecía. Pronto no había a quién abrazar. Sé que dicen que esa es la esencia del deseo, pero quiero ir más allá de lo que dicen. Quiero poder decir yo algo y dejar de escucharlo por ahí, dejar de leerlo en tantos libros.

Recuerdo la conversación que tuve ayer a la mañana con mi odontóloga. Es una nueva etapa en mi relación ella. En la penúltima consulta, ante su repetitiva pregunta de si estoy o no de novio, le confesé que soy gay. Se quedó callada unos momentos y luego trató de mostrarse rápidamente recompuesta afirmando “Ah... Está bien, pero la pregunta vale lo mismo”.
Ayer volví a atenderme. El consultorio adonde trabaja está en reformas y por lo tanto parcialmente en ruinas. Le comenté que el lugar me hacía acordar a la casa de una tía abuela enferma y le hice un resumen del estado de su departamento. “Pero qué, ¿está sola?”, preguntó. “Sí; hacés bien en haber tenido un hijo, no dejaría que vos terminaras así”, le contesté. “Hay cada hijo... ¿Y a vos no te gustaría tener uno?”, retrucó.

Quizá fue eso lo que disparó mi fantasía. O quizá el hecho de que Diego tiene 19 años y podría ser mi hijo. Fui prematuro para nacer pero tardío para todo lo demás. Tuve mi primera polución recién a los 16. Por muy poco margen las fechas no impedirían que Diego naciera nueve meses después si esa polución hubiera terminado en un cuello uterino y no en aquella manta de estampa escocesa verdiazul.

Cocino para M.. Hace unas semanas fuimos a un restorán chino y ella pidió un pollo con berenjena muy dulce. Estaba muy rico. Hoy la invito a probar mi ensayo propio de esa receta. No sale tan mal.

Más tarde la acompaño al departamento de su tío que ha muerto hace poco. Está dos pisos por debajo del de ella.

Parece que a mi edad si tu tía abuela no se vuelve loca, tu tío se muere por una descompensación.

Es un departamento luminoso y moderno, envejecido por la decoración y el abandono de quien no pudo cuidarlo por haber estado durante años postrado en una cama. Podría ser muy lindo luego de unas pequeñas reformas, lo que no es poco en esta ciudad adonde la gente suele resignar confort y bienestar en aras de vivir en barrios de supuesto prestigio.

Hace dos meses hablé con M.. de mis ganas de mudarme a un lugar como imaginaba sería ese departamento que aún no había visto. Unos días después su tío murió. Había tenido un accidente cerebral hace diez años y luego de una un lustro de relativo bienestar quedó postrado en una cama y con su salud en declive. En su momento la aparente coincidencia me turbó. Jamás había considerado ese piso como posibilidad.

Lo cierto es que es un buen departamento. Mientras lo recorro fantaseo con comprarlo; el mayor problema son las expensas; son carísimas.

En un placard encontramos varias bolsas de insumos sanitarios sin usar: guantes y cinta adhesiva quirúrgicos, cánulas, jeringas, agujas, gasas, pañales para adultos. Le sugiero a M. Que los done. Al rato estoy cargando los insumos en el auto y llevándolos al hospital Pirovano. Dentro del hospital detengo a una médica que por la edad y el aspecto podría ser amiga de mi hermana. Le cuento que quiero hacer una pequeña donación. Se le iluminan los ojos. “¿Un aparato? ¿Comida?”. “No, es una bolsa de consorcio llena de insumos”, la decepciono. Le pido que me diga cuál sería la forma menos burocrática de donarlos. Su gesto se ensombrece. “Ah, no se, se hace difícil... Yo soy nutricionista, no me sirve nada de eso.”. La médica piensa un poco. “A ver, acompañame”. Me lleva a la guardia clínica y me presenta a un médico mayor, canoso y de rasgos indígenas. Al rato le entrego la bolsa y una caja llena de sueros. “Espero que les sirva”. “Sí, descuidate, aquí hay gente que no tiene ni para comer”, responde, cansado. “Esto es un lujo”.

Espero no estar fomentando el chiquitaje.

Vuelvo en auto a casa. Me detengo en un edificio en construcción cuyo nombre tiene dos ve cortas, un dúo de letras en el que reparé mientras estudiaba ayer italiano por lo extraño que se ve para alguien que habla castellano.
El proyecto se llama “Provvidenza”. De pronto pienso en todo lo que no es real y ha estado apareciendo en forma de fantasía y parece encajar. La idea de mudarme, la paternidad, M.. como posible madre. La cercanía absoluta de su departamento y el de su tío. ¿Sará la Provvidenza? ¿Cioè?