pesadas cadenas
Las cadenas de solidaridad... Un fenómeno incómodo de esta época. Los apelativos que utilizan van aumentando de tenor para lograr un efecto sobre nuestro imperturbable tedeum vitæ. Antes uno difundía esas cadenas automáticamente, sin pensarlo, consternado por la serie de desgracias que relataban. Ahora, agobiados por noticias horrendas del mundo entero de las que antes sabíamos retazos, inundados de cadenas que describen las tragedias y odiseas más espeluznantes, no las reenviamos ni siquiera cuando sus títulos nos ruegan e imploran que lo hagamos y nos juran su absoluta veracidad. Nada nos conmueve, nada nos perturba porque ya ni siquiera creemos en lo que nos cuentan. Ahogados por una avalancha de información manipulada —o no—, nuestra sensibilidad está sepultada por varias capas de piel endurecida y minada de éscaras, por una armadura oxidada de cuero viejo y muerto.
Lo que reemplaza la emoción y empatía que despertaban las primeras cadenas es una sensación de incomodidad, de estar en falta por no difundir los pedidos desesperados que nos llegan. A veces llegamos a limpiar el mensaje de citas y de una interminable lista de emails ajenos; pero cuando llega el momento de elegir destinatarios ninguno parece ajustarse al perfil que imaginamos, es decir, el de alguien que aún puede sentirse movido a a su vez difundir la cadena en cuestión. Repasando la lista de contactos uno se imagina la reacción de cada uno de ellos: desinterés, molestia o la misma incomodidad yerma que sentimos nosotros, que hará que el email en cuestión termine, como el que nos ha llegado, en la democráticamente indiferente papelera.
